Por: Víctor Daniel López
< VDL >
El hombre delgado que alguna vez atentó con dejar de cantar por un problema de voz, aquel aragonés errante que se ha transformado una y mil veces, como camaleón. Que se ha reinventado de todas las formas y géneros posibles. Aquel zaragozano, héroe del silencio y de leyenda, nos ha regalado ayer la última de las cuatro noches en su paso por el Auditorio Nacional con su gira Nuevas Mutaciones. Uniendo sus dos bandas, El Huracán Ambulante y Los Santos Inocentes, diez músicos en escena, y con el duelo inmenso de uno de sus compañeros fallecidos el día anterior, Javi Íñigo del Huracán, entregaron todo en esa noche donde encontraron consuelo en donde al principio se atisbaba la nostalgia y el dolor. No se fue, sino que todos nos encargamos de homenajearlo, cantarle hasta que se oyera del otro lado del rock y de las trompetas. Con las luces y dos baterías, las guitarras, percusiones y metales, y un coro de diez mil voces, hicimos que la música sonara hasta poner a bailar a los muertos. Y Enrique Bunbury, a sus 59 años, demostró por qué sigue siendo Bunbury. Todo un espectáculo verlo, tenerlo casi de frente, sentir su aliento, ver su sudor, y observar cada gesto, la voz saliendo de ese cuerpo que no paraba de moverse y de correr y de estremecerse, como todo un rock idol. De su nuevo álbum con esos arreglos latinoamericanos al rock, para luego a la nostalgia, a los héroes a Hellville, a Palosanto. «De todo el mundo» fue el clímax, entregándose Enrique a su público, lanzándose, buscando ese consuelo en el amor de sus fans. Y la gente, queriendo tocarlo como para sanarse. Un liberador, su show una catarsis. Las dos bandas, compañeras de camino, mutándose para maximizar la música en toda su potencia. La familia unida que se entrega al hijo: que los busca, que se encuentra en ellos. Todos fuimos partículas suspendidas en ese micro universo creado sin sentido. Sin control, sin dirección. Ese pulso, la constante, que resarce todos los errores que cometimos, y los que faltan por cometerse aún. Esa noche, todos fuimos huracán, fuimos santos e inocentes. Una voz. La actitud correcta. Y la noche, esperándonos afuera.





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