Por Víctor Daniel López
< VDL >
Blanca Varela es mi poeta peruana favorita. Quizá dentro de mis máximas latinoamericanas. Su poesía, cautelosamente deslumbrante, melancólica y sensible, recuerda a la de Storni, Pizarnik, e incluso Woolf o Plath. Varela escribe desde dentro para hablar de lo que no tiene nombre, dándole un nombre con apellido de poema.
Y en esta recopilación, «Canto Villano», retomada recientemente por Fondo de Cultura Económica (editorial en la que ella dirigió la filial peruana entre 1974 y 1997), es que se nos muestra no solo su trayecto cronológico, sino también el registro de la transformación de su voz a lo largo de cincuenta años. La mitad de una década por la que pasan sus memorias en Perú, como en Europa. Es en París en donde conoce a Octavio Paz, y estando allá como logra adentrarse un poco en el surrealismo.
Esta edición, reúne así «Ese puerto existe», «Luz de día», «Valses y otras falsas confesiones», «Canto villano», «Ejercicios materiales» y «El libro de barro». En los primeros poemas ya aparece una característica que permanecerá prácticamente intacta: la capacidad de convertir lo cotidiano en algo extraño. Y es que, con Varela, una calle, una ventana, una mesa, un jardín, un animal o un paisaje pueden convertirse en un secreto o en una revelación.
A través de su poesía, Varela escribe también sobre el hogar, sus distintos hogares: en lugares y personas, en puertas y en la costa. Intenta descifrar qué significa estar vivo cuando sabemos que vamos a morir; qué queda del amor cuando desaparecen sus ilusiones; qué puede hacer el lenguaje frente a aquello que no se puede nombrar; y qué clase de verdad queda cuando las máscaras se caen.
Blanca Varela murió en Lima en 2009, pero su poesía continúa siendo recordada, declamándose, poniéndose en alto. “Canto villano” permanece como una obra de una intensidad extraordinaria dentro de la poesía hispanoamericana del siglo XX, una escritura que encontró su fuerza no en el exceso, sino en la contención; no en la respuesta, sino en la pregunta; y no en la belleza como ornamento, sino en la belleza áspera que aparece cuando las palabras han sido llevadas hasta el límite.

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