Por: Víctor Daniel López
< VDL >
No solo es una apelación a la nostalgia. Es algo más. Para quienes vivimos las décadas de los ochenta y noventa, «Nadie nos va a extrañar« despierta emociones y sensaciones que durante mucho tiempo permanecieron ocultas en los recónditos lugares de nuestra memoria y corazón. No es solo añoranza. Es mucho más. Casi como volver a aquella época en que estudiábamos, y sentir de nuevo los instantes que nos hicieron crecer: el tiempo en que conocimos a nuestros mejores amigos, la primera vez que nos enamoramos y aquellos momentos en que, a veces, sin conocernos todavía del todo, íbamos encontrando nuestro camino, formando personalidad y descubriendo, poco a poco, nuestra verdadera esencia.
Creada por Adriana Pelusi y Gibrán Portela, esta serie de dos temporadas, recién estrenada la segunda, nos regala la tierna historia de un grupo de amigos que se enfrenta a la presión de la adolescencia por sobrevivir. En la preparatoria “Héroes de la Revolución”, a comienzos de la década de los noventa, entre el patio del colegio y las aulas, regresamos en el tiempo para reencontrarnos con los juegos de entonces y con aquel lenguaje, en una perfecta recreación de la época. A través de sus protagonistas revivimos nuestros propios recuerdos: ellos han encontrado una peculiar solución al estrés de la preparatoria, vender tareas, proyectos y exámenes al resto de la escuela. Y es precisamente aquel negocio lo que originará y fortalecerá su amistad, uno de los temas principales de esta historia construida con un profundo apego a la nostalgia.
La primera temporada termina con un suceso fuerte que marcará para siempre la vida del grupo. En la segunda, tendrán que lidiar con sus consecuencias, con esa mezcla de dolor, lucha y resignación que acompaña el paso del tiempo, mientras intentan continuar con sus vidas. Ambas temporadas son magníficas, con un guion excelente y una dirección de cámara y fotografía que reconstruye con precisión el espíritu de aquellos años. Las actuaciones, tanto de chicos como de grandes, son sinceras. La construcción de los personajes está tan bien lograda que ninguno parece estar allí por casualidad. Y entonces aparecen todos aquellos arquetipos que también conocimos: los chicos malos, la niña fresa, los nerds, el raro, el nuevo; el director, el maestro estricto, la bibliotecaria, la miss querida. Todo un mundo que también nos tocó vivir, acompañado por esos pequeños objetos que hoy parecen pertenecer a otra vida: el Videocentro, los dulces como las paletas de semáforo y Frutsis en triángulo, las pulseras armadas, las primeras computadoras, el Walkman y los casetes que reproducen una banda sonora perfecta para la época y para cada escena. La serie nos hace reír, suspirar, recordar, llorar. Nos hace volver a ser adolescentes y sentir como entonces sentíamos. Nos vemos en ellos y, de pronto, aquello que parecía tan lejano deja de serlo.
Cada capítulo pasa de prisa, vuela como el tiempo. Como aquellos días que parecieran ya muy lejanos, cuando estudiábamos y estábamos a punto de entrar a la universidad sin saber qué sería de nuestras vidas. Todos nos prometimos seguir viéndonos. Todos luchamos por encontrar nuestro camino. Todos lidiamos con problemas de uno u otro tipo: familiares, colegiales, económicos, de sexualidad, de desamor, de identidad. Pero en medio de todo eso, estaba la amistad. Aquellos amigos que crecieron junto con nosotros y que, en grupo, fueron nuestro soporte. A veces nos desconocimos a nosotros mismos, nos perdimos, dejamos de reconocernos. Pero fueron esos amigos, los del patio del recreo, los de las aulas, los de los problemas y las risas, los de las primeras fiestas y los primeros bailes, quienes estuvieron ahí para nosotros y quienes prometieron recordarnos quiénes éramos cuando lo olvidábamos.
De eso trata esta serie, que sin duda alguna es uno de los mejores productos visuales mexicanos en los últimos años: del valor de la amistad en medio de una etapa que nos hizo crecer y madurar, que nos ayudó a formar nuestros valores y a comenzar a tomar decisiones por nuestra propia cuenta. Una etapa imposible de olvidar, pero que, cuando encontramos historias como esta, vuelve a sentirse tan cerca, casi como si hubiera ocurrido ayer. Y entonces nos arranca lágrimas, no porque duela, sino por todo lo contrario: porque fue tan extraordinariamente bella que solo queda agradecerla. Porque hubo un tiempo en que fuimos aquellos chicos llenos de dudas y de sueños, creyendo que la vida apenas comenzaba.
Y quizá eso sea lo más hermoso de «Nadie nos va a extrañar»: que por un instante nos devuelve aquello que creíamos perdido. Nos devuelve a quienes fuimos, a quienes caminaban junto a nosotros, y a ese tiempo que, aunque ya no existe, todavía habita en algún rincón de la memoria.

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