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Reseña de la película «Hamnet» de Chloé Zhao

El dolor tiene rostro: es el silencio.
El dolor tiene cura: el arte.

Y es que las penas más grandes, aunque nunca se van del todo, se les puede dar una forma para resarcir la pérdida o la soledad o la tristeza.

Esa es la premisa de «Hamnet», película de la cineasta Chloé Zhao («Nomadland»,2020), y que resulta una adaptación de la novela homónima de Maggie O’Farrell (coescritora del libreto para ese filme).

A diferencia de la cámara horizontal en los áridos paisajes de «Nomadland», en «Hamnet» se vuelve un ejercicio vertical, en donde nos muestra la lente el recorrido de los troncos y raíces hacia la copa de los árboles. Quizá una metáfora para decir que toda altura o grandeza asienta sus orígenes en madrigueras, donde a veces yace la oscuridad.

Aquí, esa oscuridad es la pérdida del hijo de William Shakespeare y Agnes, su mujer (aquella mística que habita la intuición y la tierra, que se conecta con el bosque a través de un lenguaje invisible). Anne Hathaway, la madre de la hierba, madre de tres hijos, pierde al único hombre, mientras Shakespeare se encontraba en Londres colocando sus primeros trabajos teatrales. Este es un hecho histórico cierto: la pérdida la sufrieron, y aquel hijo se llamó Hamnet.

La relación entre Hamnet y Hamlet (la obra más grande del escritor) es la que no tiene comprobación, pero tal vez no se necesite, pues son tantas las coincidencias, tanto el dolor, y tanto el silencio, que es casi probable que la tragedia personal fuera la causa directa de la obra.

Así, entonces, esta cinta nos muestra la relación entre ambas tragedias, mientras Shakespeare se va posicionando como una de las figuras universales de toda la historia literaria. Su personalidad, a veces explosiva. Su soledad con los silencios. Su desesperación por escribir algo realmente bueno. La influencia del teatro griego, los mitos, su intento por recuperar la esencia verdadera del teatro, y ser así reflejo de las emociones: reales, palpables, habitantes en las almas de todos.

El mensaje final es bellísimo, y es una declaración de amor a lo que a veces resulta el teatro, o cualquier arte: una forma de sanar; a través del dolor crear belleza, y entonces cómo puedes volver a pisar el suelo. Pero también lo que, como espectadores, nos hace experimentar: esa unión compartida entre todos que no nos hace sentir solos. Darnos cuenta de que todos amamos, que todos sufrimos, que todos sentimos. Y entonces, esa es la sensación más cálida que pueda haber en el mundo.

«Hamnet» es una película hermosa, con unas actuaciones magistrales de Paul Mescal, y en especial, de Jessie Buckley, que muestra el dolor de una manera tan real y frágil, y con ese grito que hace se nos rompa el corazón. Nos hace llorar, conmovernos, esos planos que nos recuerdan al cine francés o incluso al cine de Bergman. El duelo es el protagónico en esta línea narrativa, dentro de un tiempo suspendido donde cada escena parece preguntar cómo se sigue viviendo cuando el amor no tiene dónde posarse.

Más que una historia sobre la muerte, la película es una meditación sobre la creación. Sobre cómo el arte nace de la herida. Sobre cómo una pérdida puede transformarse en palabra, en teatro, en memoria colectiva. Tal vez Shakespeare sí escribió Hamlet como una obra personal, atravesada por la pérdida, los fantasmas y el diálogo imposible entre padres e hijos.
Tal vez ahí dijo lo que no pudo decir.
Y es que, ¿acaso de eso no trata el arte?

Víctor Daniel López
< VDL >

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