Al fin pudimos asistir a una de las funciones del histórico suceso del sold out impresionante y rápido que está teniendo «Un tranvía llamado deseo» desde el año pasado en Ciudad de México, a cargo de la compañía 25Producción. Esta es su segunda temporada, y ante el apabullante éxito que tuvo la primera en el Teatro del Bosque Julio Castillo, nos dieron la oportunidad a varios que no la logramos entonces de presenciar esta verdadera joya ahora en el Teatro Salvador Novo del CENART. Una versión espectacular, potente, desgarradora, bajo la dirección de Diego del Río. El famoso grito de Stella que Marlon Brando inmortalizó en el filme de 1951 se vuelve una referencia para la locura de gritos y estallidos que uno vive desde la butaca, y entonces, ante tal dramatismo realista, tenemos que repetirnos a cada instante que no es real aquello que estamos viendo, que sólo es teatro, que no es verdad, y nada más. Y es que es tan explosiva y llena de una fuerza brutal, que necesitamos un respiro para no terminar desgarrados de un dolor desnudo que se ve expuesto ante los personajes (todos ellos, porque todos sufren, acorralados en sus propios vicios y sombras). La obra de Tennessee Williams, uno de los máximos exponentes del teatro americano del siglo pasado, y ganador del Pulitzer por esta obra, es un artífice propio de llevar las emociones al límite, mientras en el camino, nos envolvemos de cada memoria y cada pedazo que las han ido construyendo, para que así, cuando estallen, lo hagan con fuerza, casi como si fuera dinamita, una bomba que después de la luz trae la oscuridad, y luego hace encender todo el fuego posible. Como en «Quién le teme a Virginia Woolf», otra de mis favoritas, vemos los secretos de los personajes que, conforme avanza la noche y avanzan las horas, se van abriendo las heridas y se revelan los verdaderos rostros detrás de las máscaras. Entonces, ya nada puede detenerlo, sólo se espera el clímax que arrebate la calma para llevar el éxtasis de la furia y la violencia a un límite capaz de cuestionarnos si no es teatro aquello, si es real. Y es que, al final, el teatro lo es. Entonces, sí es verdad todo. Esa catarsis para liberarse, y para hacernos salir de allí diferentes de a como entramos. La producción aquí es sensacional, el elenco hace partícipe de los propios efectos de sonido, tocan la música en vivo, y cantan en vivo. Dentro de la dirección de escena, quien se lleva los aplausos, es la iluminación, que con un estupendo juego, hacen de la luz un protagonista más en escena. Un escenario circular en medio del auditorio, en donde todos los actores quedan expuestos a cualquier ángulo-miramiento del público. Y los actores, ¡actorazos! La extraordinaria primera actriz, Marina de Tavira, hace un papelazo enorme, demostrando todo su talento a una altura que yo nunca había visto. Rodrigo Virago y Astrid Mariel Romo hacen un estupendo trabajo también, formando así un trío de locura que logrará sacudirnos varias veces durante las tres horas que dura la obra. El resto de los actores, integrantes de la compañía, y algunos actores musicales y compositores, son igual de gran tamaño. «Un tranvía llamado deseo» es una reflexión, hoy en día en que la Salud Mental está tomando gran importancia y conciencia. Es una obra que es más que teatro. Nos habla de violencia y del patriarcado, de lo que creemos incorrectamente que es el «amor». Nos habla de las relaciones tóxicas, de los problemas mentales y de una lucha por intentar encajar en un espacio en donde no hay lugar para la reconciliación con uno. Pero nos habla también de una luz en medio de una oscuridad, que además de alumbrar, puede dar calor: como lo es el arte en la poesía, la música o la pintura, o como también se encuentra en la bondad y la belleza. Nos habla de un deseo que viaja a gran velocidad, haciendo paradas, donde la gente sube y la gente se baja. Y otros… simplemente se pierden (se van para no volver más).
Víctor Daniel López
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