Por: Víctor Daniel López
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«Mahagonny es la historia de una ciudad imaginaria en donde todo está permitido siempre y cuando uno pueda pagar.»
El estreno en México de la ópera «Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny» por la Compañía de Ópera de Bellas Artes representa no solo un hito musical y en producción, sino también una confrontación necesaria con el espejo más oscuro de nuestra modernidad. Una ópera escrita hace casi ya cien años que sigue hablando de temas actuales, como casi siempre pasa en el teatro y la ópera. Pero en este caso, una ciudad en decadencia, ficticia, que refleja el periodo entre guerras, y que ahora vuelve a resonar con potencia su mensaje en tiempos convulsos y emergentes de sociedades falsas, buscando el placer en lo efímero y lo superficial, vendiéndonos al mejor postor y creyendo en mentiras levantadas por gobiernos totalitarios.
Es este número del año el seleccionado por Marcelo Lombardero, actual director de la compañía, para trabajar en su producción escénica. Replicando la puesta que surgió en El Colón de Buenos Aires, ahora llegó a Bellas Artes a un mismo nivel en su calidad, creatividad y diseño visual. Así, esta propuesta logra desentrañar la acidez de la partitura de Kurt Weill y el libreto magistral de Bertolt Brecht, para transformar el recinto de mármol en esa ciudad ficticia, utópica y hedonista, en donde el único pecado capital es la falta de dinero.
La ópera, escrita entre 1927 y 1929, marcó un parteaguas en el desarrollo de la ópera del siglo XX, con su innovación tanto musical, como en el desarrollo narrativo, haciendo uso de diferentes elementos en la producción, pero también con mezclas de distintos géneros musicales, además de la música clásica: el blues, el jazz, la música popular. El hilo conductor, con la música y el libreto, es uno sombrío: el terror capitalista que lleva a un descontrol social y la pérdida de la libertad. Entonces, la manipulación, el poder, y la ambición.
La ópera fue escrita justo en los años en que estallaba la Segunda Guerra Mundial, y los gobiernos totalitaristas empezaban a poner en marcha su estrategia sobre el mapa. Para 1930, ya el nazismo en Alemania, fue prohibida la ópera, sin volverse a presentar allí hasta muchos años después. Hoy, un siglo después, la ópera sigue sin tener la entrada a varias casas de ópera. Presentarla es un riesgo, una apuesta. Pero también es una rebelión. Al final, la ópera, el arte, también es política.
«Piedra de toque en el momento de su máximo peligro: el de la irresistible ascensión del fascismo que habría de fracturar al mundo; piedra de toque en el momento de su sobrevivencia triunfal: el del debate sobre el proyecto cultural del socialismo; piedra de toque en el momento actual: el del discernimiento de su legado y el destino de su estética teatral como piedra angular de la teatralidad contemporánea y el del debate sobre sus estrategias escénicas en estos tiempos aún peores para la lírica.»
– Bertolt Brecht
En el apartado musical, fue grato ver regresar a uno de nuestros directores titulares más queridos: Srba Dinić. Con su dirección, la interpretación de la orquesta logró capturar esa ambivalencia entre el jazz, el cabaret y la estructura operística formal que define el genio de Weill. Las voces protagonistas lograron sortear las aguas complejas de las notas requeridas sin sacrificar la intención dramática. «Alabama Song» es su número más famoso, un leitmotiv que se repite una y otra vez, y una pieza que ha sido interpretada incluso por los grandes venideros de la música después: The Doors, David Bowie, Dalida, Ute Lemper, Max Raabe, y más. La música nos recuerda a veces a Wagner, pero otras, afluye a George Gershwin. Hay silencios, y hay explosión. El final: devastador. Esta producción hace que la ópera sea una ejecución que se siente viva, punzante y deliberadamente incómoda, logrando que el espectador no solo observe la caída de la ciudad de Mahagonny, sino que se sienta cómplice de su construcción.
Al concluir la función, en el aire queda esa sensación de éxtasis intelectual y desolación moral que solo las grandes obras logran imprimir. Esta puesta en escena en México es un recordatorio de que la ópera es un organismo vivo, capaz de diseccionar el presente con herramientas de hace casi un siglo. Una pieza fundamental para «catar» la condición humana hasta sus últimas y más crudas consecuencias.


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