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Enrique Bunbury y Nicaragua: Un refugio en el corazón de su evolución

Enrique Bunbury es una figura imposible de encasillar. Exvocalista de Héroes del Silencio, poeta del rock, cronista de la incomodidad y el viaje, su carrera solista ha sido una larga huida hacia adelante. Pero en medio de ese movimiento constante existe un paréntesis silencioso, casi secreto, que resultó decisivo: Nicaragua.

No fue una gira, ni una residencia oficial, ni una pose exótica. Fue un viaje sin anuncio, sin séquito y sin cámaras. Un viaje de mochila al hombro.

El mochilero invisible

Corría el año 2003 cuando Bunbury llegó a Nicaragua sin que prácticamente nadie lo reconociera. Ya era un artista de talla mundial, pero decidió moverse como un viajero anónimo, caminando solo, mezclándose con la vida cotidiana. Recorrió Managua, León, Metrocentro, Granada, Masaya, Bluefields y San Juan del Sur como cualquier extranjero curioso, observando más de lo que hablaba.
Ese anonimato fue su mayor lujo.

Lejos de los escenarios y de la industria, Bunbury encontró algo que llevaba tiempo buscando: silencio, tiempo y verdad. No vino a escapar del mundo, vino a mirarlo de frente desde otro ángulo.

La Pulpería de Lucita: cuando la canción nace en una banca

Una de las historias más fascinantes de ese viaje ocurrió en Masaya, cerca del malecón, frente a la laguna. Ahí, Bunbury se hospedó sin levantar sospechas y comenzó a frecuentar una pequeña tienda de barrio: la Pulpería de Lucita.

Según el testimonio del esposo de doña Lucita, aquel hombre flaco, callado, se sentaba cada día en una banca con una libreta. Escribía durante horas. Lucita, con la curiosidad natural de quien ve repetir un ritual, le preguntó qué escribía tanto. Bunbury sonreía, pero nunca enseñaba las páginas.

Para ellos no era una estrella. Era solo “un loco que escribía”.

Tiempo después, cuando se supo del viaje del músico a Nicaragua, la sorpresa fue total: aquel hombre discreto era Enrique Bunbury, y una de las canciones de su siguiente disco se llamaría precisamente “La pulpería de Lucita”.

La canción aparece en El viaje a ninguna parte (2004), uno de los discos más errantes, introspectivos y literarios de su carrera.

Nicaragua escrita en canciones

Bunbury ha confirmado que gran parte de El viaje a ninguna parte fue escrita en Nicaragua. No solo una canción, sino un estado de ánimo completo.

Del país nacieron al menos tres piezas directamente inspiradas en esa experiencia:
– La pulpería de Lucita.
– Palo de mayo.
– El aragonés errante.

No son postales turísticas. Son canciones de observación, de identidad en tránsito, de alguien que se reconoce extranjero incluso dentro de sí mismo.

Aquí no hay folclor impostado, sino respeto y escucha. Nicaragua no aparece como decorado, sino como territorio emocional.

El viaje como ruptura

El viaje a ninguna parte no es un disco más en la discografía de Bunbury. Es un punto de quiebre. Un álbum donde se despoja de expectativas comerciales y se permite escribir desde la deriva. Nicaragua fue parte esencial de ese desprendimiento.

Años después, esa apertura lo llevaría a explorar con mayor profundidad los sonidos latinoamericanos en discos como Licenciado Cantinas (2011), pero la semilla estaba aquí: en la calma, en la observación, en la vida sin aplausos.

Un país que no pidió nada

Lo que Nicaragua le dio a Bunbury no fue fama, ni escenarios, ni titulares. Le dio algo más raro: normalidad. Conversaciones sencillas, paisajes sin urgencia, gente que no necesitaba saber quién era para compartirle un banco, una charla o una bebida.

Ese gesto mínimo terminó convirtiéndose en arte.

El eterno errante

Enrique Bunbury siempre ha sido un viajero, pero en Nicaragua entendió que viajar también puede ser quedarse quieto y mirar. Ese país quedó incrustado en su obra no como anécdota, sino como pulso.

Tal vez por eso, entre discos, giras y despedidas, Nicaragua sigue apareciendo como un susurro persistente en su historia. No como un capítulo cerrado, sino como un lugar donde el ruido se apagó lo suficiente para que la canción pudiera nacer.

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