Luis García Montero, escritor español, poeta, y actual director del Instituto Cervantes, quien perteneciera al grupo «La otra sentimentalidad», y a quien su obra, más tarde, se le reconocería como «poesía de la experiencia», es una de las figuras literarias más importantes de las últimas décadas en el territorio español, sin dejar a un lado su labor política.
Luis García Montero ha puesto toda su vida en el verso, a través de una belleza inigualable, quizá la misma que todos buscamos, y cuando la hallamos, tratamos de atesorarla para volverla inmortal.
Su influencia viene de los grandes: Bécquer, García Lorca, Luis Cernuda, Rafael Alberti, Borges, Neruda, Gelman y Sabines. Lo nostálgico de ellos, y la melancolía. Lo poético en la política. El dolor y la soledad. El amor, la mujer, la muerte, y el verde. García Montero homenajea a todos ellos a través de sus líneas que navegan por estos temas, sin dejar que su poética no sea intimista, personal, tan propia y suya.
Su poesía es una cartografía de su amor por el arte, por su vida, y por los lugares que hizo suyos. Pero, como siempre, el texto propio, es común y plural, y entonces también lo hacemos de nosotros. Porque toda emoción la sentimos, y cada pensamiento penetra en nuestra mente y alma. No es una poesía amarga, es esperanzadora, reconcilia, nos acerca a los sueños lejanos, y nos roba el suspiro perdido de la juventud, de la madre, de lo natural y lo sagrado.
Así, esta colección poética es un viaje que nos lleva por la nostalgia y el deseo, por la política entendida como responsabilidad moral y por la intimidad convertida en casa. Se siente en cada página una conversación con el tiempo; un modo de sostener lo que amamos, aun cuando el mundo se empeñe en desgastarnos. Su poesía no busca épicas, busca cercanía. Y desde esa cercanía logra lo extraordinario: que el lector encuentre en cada poema un reflejo suyo, o de su sombra.
Así que, entre las calles, las tazas de café, los cuerpos que se buscan, los recuerdos de infancia y la permanente esperanza de amar, esta antología traza un territorio emocional donde lo cotidiano se vuelve divino, y entonces se hace eterno.
Víctor Daniel López
< VDL >
FOTOGRAFÍAS VELADAS DE LA LLUVIA
Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos,
las hallará vacías…
— Luis Cernuda
Cuando los merenderos de septiembre
dejaban escapar sus últimas canciones
por las colinas del Genil,
yo miraba la luz,
como una flor envejecida,
caerse lentamente. Lo recuerdo.
Y recuerdo en mi piel la enfermedad
de las horas inciertas. Por los alrededores
la mirada del niño primogénito
parecía saberlo.
Bombillas
contra un cielo sin fondo,
pintura de las mesas
más pobre y sin verano,
botellas olvidadas sin un solo mensaje
y la radio sonando
con voz de plata
como los álamos del río.
Antes que los humanos
los objetos aprenden a vivir en otoño.
Hasta un golpe de lluvia.
Entonces sí,
hay mujeres y hombres que corren al invierno
con gritos sorprendidos todavía
en la palabra agosto.
La lluvia de repente
que le devuelve a España su existencia
de periódico antiguo
y pone hacia el final de las películas
un beso triste, un dolor censurado.
Del verano se sale igual que de un recuerdo.
Nunca lo detenemos
en sus noches crueles de calor,
ni se queda en nosotros
la insistencia quemada de las calles,
los fantasmas eróticos
que jamás desembocan en un cuerpo,
noches de alcohol sin nadie,
la cuchilla del frío repentino,
la humillación de los amaneceres.
Pero del mismo modo
al recuerdo se vuelve igual que a los veranos,
con ganas de tocar el mar,
como un tiempo más nuestro,
la leyenda arruinada del nosotros más puro,
una memoria de la felicidad
que duele, nos desarma
y rueda en las colinas de la tarde
y nos busca después
cada septiembre
como los álamos del río
en esa flor envejecida
de nuestra propia casa.
Los pecados del tiempo son pecados mortales.
Y al fin todo se apaga, se deshacen en lluvia
los tiranos, las mañanas de iglesia,
los titulares de periódico,
la voz que dice no o que confirma un precio,
y también lo más noble,
esa costumbre del olvido
que va imponiendo sus fronteras,
porque el amor no sabe detenerse
y su fatalidad es la del agua.
Cosas como un reloj
en el brazo del niño que miraba la tarde,
como una marca de electrodomésticos,
una casa marina,
atardeceres rojos en la universidad,
una canción, un jardín provinciano.
O tal vez aquel coche
que regresaba de los merenderos,
estampa negra, temblor cerrado a combustible,
persiguiendo la lluvia con sus faros
entre los quitamiedos,
en los recodos de la carretera.
Oigo ahora su estrépito, el de un motor antiguo,
y lo veo que cruza
el bulevar de los sueños perdidos
hasta que se detiene delante de una casa.
Paseo de la Bomba, 18.
Alguien abre la puerta.
Los niños corren y desaparecen.
Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos
las hallará vacías. Al cerrarme los ojos
se mojará los dedos con la lluvia.
Nos duele envejecer, pero resulta
más difícil aún
comprender que se ama solamente
aquello que envejece.
Luis García Montero


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