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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Reseña de la película «La hermanastra fea»

¿Qué tanto estás dispuesto a sacrificar y sufrir por alcanzar esos estándares de belleza que idealizas como si fueran una salvación? Esta pregunta ya nos había perseguido el año pasado con «La sustancia», aquella obra escalofriante que nos obligó a mirar de frente los límites del deseo: el anhelo de ser otros, de ser “perfectos”, “bellos”, “jóvenes otra vez”. Una sed eterna disfrazada de promesa.

En esta obra, adaptación de «La Cenicienta», dirigida por la cineasta noruega Emilie Blichfeldt, retomamos la misma tesis, con una perspectiva totalmente diferente de este cuento que Disney mostró de hadas y rosa para niños, pero que en su versión original literaria es realmente escalofriante. Por tanto, aquí tenemos un acercamiento más original a la obra, aunque también en exceso, pues nos lleva al máximo horror y al gore negro en una moraleja llena de sacrificios viscerales con tal de lograr el único objetivo que el ser humano ya no puede cambiar: ser diferentes.

Aquí vemos la historia desde los ojos de una de las hermanastras: la fea, la desplazada, la que vive bajo la sombra de una belleza ajena. Enamorada del príncipe, consumida por la necesidad de ser vista, hará todo —TODO- para sobresalir en el baile que decidirá el destino de tantas jóvenes. Su obsesión se vuelve un hilo que la arrastra a la locura, a la mutilación del propio cuerpo, a una serie de procedimientos estéticos que atraviesan el límite de lo humano: cambios de rostro, cirugías dentales sin anestesia, intervenciones despiadadas que la desdibujan. No es exageración: es la fábula exhibiendo su crudeza, un espejo que nos devuelve la imagen de una sociedad obsesionada con la apariencia y olvidada de su propia esencia.

Lea Myren, quien da vida a la hermanastra protagonista, da una actuación extraordinaria, cargada de locura con la misma que la ha llevado a los límites de tortura física para cambiar todo su cuerpo. La fotografía, de época, y con planos que parecen sacados de pintura, a veces se tornan colores pastel, y otras nos llevan a lo más oscuro hasta hacernos estremecer. La música acompaña bien cada sentimiento y cada giro. El horror nace de la belleza para convertirse en un gusano interminable que consume todo acto y pensamiento, hasta devorarlo todo. Absolutamente todo hasta quedarse sin nada.

Es una película que incomoda, que provoca náuseas, que exige mirar de frente ese cuerpo que se ha convertido en mercancía. Con una estética de horror corporal, es sangrienta y visceral. Pero no sólo para causar morbo, sino para dejar una reflexión. Su guion, preciso y afilado, nos deja al final frente a una sola pregunta, que no es para la hermanastra, sino para nosotros:
¿Cuánto de ti estás dispuesto a destruir para convertirte en alguien que, quizá, nunca debiste ser?

Víctor Daniel López
< VDL >

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