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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

La lluvia de tus piernas

La lluvia duró cinco meses este año.
Casi la mitad del tiempo del momento en que nos descubrimos.

Y entre las tormentas e inundaciones
con el agua que no paraba
y recorría las calles hasta estancarse
en los parques:
te conocí.

Llegaste junto con la lluvia a electrizar la ciudad.

Desde lugares en donde hay magia:
como Salvador de Bahía, o Antigua Guatemala.
Desde allí venías, como hechicera,
convirtiendo en piedra todo cuanto veías.

Desde lugares en donde habita la magia
trajiste toda la magia en tu palabra.

La noche en que me besaste no era noche ni era verano,
era sábado de la piel de un cuarzo.

La noche en que me besaste
fue la noche misma que terminamos haciendo el amor.

Tu magia de las playas
y la de los volcanes
ahora en el lenguaje que aprendimos entre las sábanas.

Y la lluvia, aquella noche, por un instante se convirtió en lava:
que recorría tus muslos y tus senos.
Se escurrió por toda tu espalda
hasta llegar a un pasado mío
en que se descubrió el fuego por primera vez.

Tus piernas me abrazaban, y me hicieron tuyo,
tuyo hasta el fondo, mía hasta adentro:
en donde la lluvia no alcanza a tocar los huesos,
porque si lo hace, entonces desaparecemos.

Y es que todos estamos hechos de barro.
Y en la pasión, ardiendo,
todos nos vamos, nos fundimos, gozamos.

La verdad es que tus piernas me mataban:
perfectas, tatuadas, morenas;
suaves como del material con que están hechas las nubes.

Por tus piernas me volví loco por un instante.
Y casi me pierdo.
Pero volví, y te quise.
Entonces, sucedió esa otra magia:
te conocí.

Y entonces, la lluvia,
no era más lluvia. Porque nos mantenía
inmersos en la morada que habíamos
creado para protegernos de los relámpagos
y truenos, siendo bálsamo los besos
que unían nuestras pieles
para hacer un ritual en contra
del otoño que habría de terminar
con aquellos mares que se dejaban
venir de los cielos.

No más lluvia: sólo tus piernas.
Había sido mi nuevo credo.
No más agua, sólo la nuestra.
Y ahogarnos hasta dejar de respirar,
para viajar hacia ese lugar
en donde no hay magia ni tiempo ni fuego:
sólo el instante real que se vuelve mortal.

Y así, muriendo,
tocamos la vida de nuevo.

Porque sólo amando la vida se siente al otro,
y en la piel del instante
se toca la muerte sin padecerla.

Así, aquel verano,
la lluvia siguió…

Y nosotros: quizás.

Víctor Daniel López
< VDL >

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