Algunos recordarán el famoso caso de Las Poquianchis por allá de las décadas de los cincuentas y los sesentas, en donde un grupo liderado por las hermanas Delfina y María de Jesús González fueron acusados todos de traficar con mujeres jóvenes, e incluso acusados de homicidios, llegándolas a considerar la prensa como asesinas seriales. Así, este fue uno de los episodios criminales más estremecedores y reveladores del México del siglo XX, no solo por la brutalidad de los hechos, sino también por todo lo que expuso; la miseria, la corrupción y la impunidad de la época.
El horror de estos hechos salió a la luz en 1964, cuando una denuncia llevó a las autoridades a registrar la finca “El Ángel”, cerca de San Francisco del Rincón. Lo que encontraron fue espeluznante: según la prensa, que muchos afirmaron exageraban, más de 90 cuerpos enterrados, entre mujeres, hombres y bebés. Las hermanas fueron arrestadas junto con otros cómplices, entre ellos policías locales y funcionarios que habían encubierto las operaciones por años.
En 1977, uno de los escritores más importantes de México, Jorge Ibargüengoitia, publicó su novela «Las muertas», en la que, con su tono entre la farsa y el documento, entre la ironía y la tragedia, desmontó el aparato del crimen, la complicidad de las autoridades y la violencia sistémica que rodeaba a las mujeres pobres de provincia.
Sobre esta novela, se adapta la tan exitosa miniserie lanzada por Netflix este año, homónima al trabajo de Ibargüengoitia: «Las muertas». Dirigida por Luis Estrada, nos entrega seis magníficos capítulos, que van en aumento tanto en el drama como en la tensión de suspenso, para mostrarnos los hechos de estos crímenes, desde el levantamiento de los burdeles, hasta los asesinatos cometidos. Con una lente fotográfica que alude a la nostalgia, al pasado de un México deteriorado y que se enfrentaba a altos índices de pobreza y desigualdades, las escenas sepias, con su ambientación, están uy bien logradas. El guion, bien adaptado de la novela de Ibargüengoitia, nos va llevando a una adicción por querer saber más, saberlo todo. Sus tintes rondan entre el horror y la comedia, y es que la pluma de Ibargüengoitia se siente en las declaraciones, en los actos de las hermanas, su polaridad en personalidades, la farsa política y corrupta.
El elenco es magistral: Arcelia Ramírez, quien en un par de escenas lo entrega todo, demostrándonos por qué es la mejor actriz que tiene actualmente México. Paulina Gaitán nos hace incluso estar por momentos de su lado, creerle, reír con sus ocurrencias y su histeria. Joaquín Cosío protagoniza también uno de los estelares, y además, Alfonso Herrera y Mauricio Isaac. La música está tan bien seleccionada, que nos hace recordar y añorar, pero también seguir perteneciendo a un México latente del dolor en el recuerdo, y de algunos duelos y luchas de los que aún no logra curarse del todo.
«Las muertas» es uno de los mejores trabajos que hemos visto de la televisión mexicana. Con esto, demostramos que también podemos hacer cosas buenas, y no la basura que Televisa y Azteca siguen esmerándose en entregarnos como si fuera caldo de pollo. «Las muertas» termina siendo entonces un diálogo entre dos épocas: la del escritor que se atrevió a reírse del horror, y la del director que, medio siglo después, nos invita a entenderlo. Ibargüengoitia transformó la nota roja en literatura; Luis Estrada la devuelve a la pantalla con el peso del duelo. Y entre ambas miradas, lo que persiste es la misma pregunta: ¿cuánto dolor hace falta para que un país despierte?
Víctor Daniel López
< VDL >

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