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El «Frankenstein» de Guillermo Del Toro

Por: José Luis Ayala

Siendo Frankenstein, de Mary Shelley, un imprescindible de la literatura universal, no resulta extraño que sea una de las novelas más adaptadas a la pantalla grande. Desde el clásico de 1931 protagonizado por Boris Karloff como el mítico monstruo, pasando por la versión de los años cincuenta dirigida por Terence Fisher y protagonizada por Christopher Lee, hasta la superproducción de Kenneth Branagh con Robert De Niro, la historia ha sido revisitadas en innumerables ocasiones. Por supuesto, también ha sido objeto de múltiples parodias, como en las películas de Abbott y Costello, en la genial sátira El jovencito Frankenstein de Mel Brooks, e incluso formando parte del ejército que lucha contra el Enmascarado de Plata en la película mexicana Santo y Blue Demon contra los monstruos.

Llegados a este punto, una nueva interpretación del mito de Frankenstein podría parecer innecesaria; sin embargo, el hecho de que sea Guillermo del Toro quien la dirija le otorga una interesante y renovada visión, muy acorde con las inquietudes de su autor. Y aunque esta nueva adaptación está lejos de ser la mejor de todas —título que sigue correspondiendo a La novia de Frankenstein de James Whale (1935)—, se trata de un filme que ofrece nuevas múltiples lecturas al clásico de Mary Shelley.

Tras un primer acto más convencional y de pocas sorpresas, centrado en la figura del Dr. Frankenstein, llega una segunda parte mucho más autoral e hipnótica, en la que el relato se cuenta desde la perspectiva del monstruo. Este segmento es donde mejor se aprecia la mano de Del Toro al plasmar la belleza de lo sobrenatural, dejando un profundo sentido poético sobre la visión que el monstruo tiene del mundo que lo rodea. Todo ello se sostiene en una tesis recurrente en la filmografía del director (El laberinto del faunoLa forma del agua): lo verdaderamente monstruoso se encuentra dentro de los propios seres humanos, quienes, en su afán de jugar a ser dioses, engendran muerte y destrucción.

El Frankenstein de Guillermo del Toro es una película llena de imperfecciones narrativas, pero también una obra que conmueve y proyecta ternura, plasmando humanidad en los lugares menos esperados y sobre todo ofrece una nueva reinterpretación de un relato tan clásico como universal.

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