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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Crónica: «Al tope»

Por: Pedro Corona

Apenas advertí cuando me dijo la mesera “recórrase por favor” y en seguida encimó el banco rojo de plástico junto con otros que había a mi derecha. En ese hueco se instaló enseguida en una silla de ruedas el nuevo comensal -al paso de unos minutos conversamos y le pregunté su nombre-. “Pablo”, me contestó. Le extendí mi mano para saludarlo, y me presenté: “Pedro”. Él dijo sonriente: “pues somos de la misma fecha de santo”. Asentí con gusto, pues era, al parecer, el inicio de una buena conversación en uno de los puestos de comida del mercado del centro de Azcapotzalco.

Pablo le pidió al marchante de al lado:

– Erick, ¡un aguacate por favor!
– Ahí se lo llevo, don.

Pablo desembolsó un llavero con navajas portátiles y acto seguido me compartió un pedazo de aguacate.

– No como tortillas ni pan… ya sabes, por la diabetes.- Me dijo.
– Lo siento. Yo estoy tratando de bajarle a las cantidades.- Le contesté- Creo que no me está costando trabajo, pero ahí voy poco a poco.

Saboreaba el consomé de pollo. Le puse a la tortilla un poco de aguacate. Vendría a continuación el plato de arroz rojo. Pablo y yo coincidimos en todo excepto en el guisado.

– A mí me sirve entomatado.- Repuso Pablo.
– A mí me trae los tacos de papa.- Le dije a la mesera. – Pero me los trae hasta que me terminé el arroz, por favor.

En mi caso, era la segunda vez que me sentaba a comer en ese puesto de comida; en cambio, Pablo ya era cliente asiduo.

– Vengo dos o tres veces por semana. ¿Ve al señor de gorra?
– Si, ya lo vi.- Le respondí.
– Es el cocinero, y tiene otro puesto al fondo. Vengo acá porque mi esposa no cocina nada bien, sin sabor, sin nada. Y ella misma me dice: “ya es tarde vete a comer”. Y así dejamos de pelear. Es que la cocinada, no ‘más no se le da. Es estudiosa, puros libros. Es ingeniera del ESIME. Fuimos compañeros. Hasta recibió una gran beca. Pero lo que es la cocina, eso no se le da.

La risa franca, amplia, mostrando la blancura de sus dientes. Se aparta de su estado de invalidez, y enseguida comenta “me dio polio cuando era niño y claro que la sufrí en la escuela, pues de setecientos y tantos niños, yo era el único con ese padecimiento.” Y continuó… “había un chamaco que me hacía bullying, aunque no comparto esa palabra… en fin, me agarraba siempre de bajada, hasta que un día un compañero que se dio cuenta me defendió… Se le fue encima, y entonces desde ese día dejó de meterse conmigo.”

Yo, interesado en su historia, argumenté:

– Casi como el poema… “Vida nada te debo, vida estamos en Paz”.

     Él, diciendo que “por supuesto”, comenzó a recitarlo:

“Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida. porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos, ni pena inmerecida:
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino:
que si extraje la miel o la hiel de las cosas
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas cuando planté rosales, coseché siempre rosas…”

– Entonces no hay pendientes… ni reclamos…
– Tal cual, así estamos.

Continuamos conversando. Así descubrí que la profesión de Pablo le ha ayudado a sortear la vida. Ha podido hacerle adaptaciones a su silla de ruedas, e incluso también al carro que conduce. Y cuando va al centro de la ciudad, por alguna refacción, siempre lleva su silla de ruedas, porque se cansa, sobre todo de su pierna derecha.

El aspecto delgado se debe al cáncer en esófago que hace poco le diagnosticaron. “Bajé como vente quilos”, me comenta.

– Se enteraron mis amigos de la primaria, de la secundaria, de la licenciatura. Y me visitaron unos y otros, eso me ayudó muchísimo. Es que la comida se me atoraba, y debían de pegarme en la espalda para que se me bajara.

En seguida me comenta con cierta tristeza: “A mi hijo de 28 años también le diagnosticaron este cáncer, pero él no lo venció, y murió… y a veces lo extraño mucho.”

Me conmueve muchísimo, pues en eso coincidimos.

– Yo también perdí un hijo, recién nacido.- Le confieso mientras siento cómo mi cuerpo se descompone y reprimo el llanto, pero la voz se entrecorta. Pablo no se da cuenta y seguimos la conversación.

Viste camisa verde olivo y pantalón verde oscuro, chamarra de piel negra, cabello lacio, completamente cano. Su aspecto es delgado.

– Tengo tres hijos más. El segundo es ingeniero biomédico y me ayuda en las adaptaciones que le hago a mis aparatos. Con mi primera mujer tuve estos dos primeros hijos; con la segunda mujer tuve una niña, pero salió embarazada y ahora se dedica sólo a la casa; con mi tercera mujer tengo sólo un hijo. Ahora estoy contento porque de mi segundo hijo voy a ser abuelo. Ya nos dijeron que va a ser niña. Tengo ganas de verla crecer y ser testigo de sus primeros pasos

– ¿Ya dejó de trabajar, entonces?
– Arreglo taladros, aparatos electrodomésticos. Tengo mucha herramienta, y cuando voy regreso a casa con alguna nueva, me comenta mi esposa: “¡otro fierrito!”. Se enoja, pero cuando necesita que le arregle la lavadora, no dice nada, y yo nada más le digo “¿ves? Con estos fierritos te arreglo las cosas.”

Casi me acabo las quesadillas de papa (no fueron tacos, y están regulares). Para terminar, le pregunto a Pablo si necesita que lo ayude en alguna cosa.

– No, ahorita nada más voy a la ferretería. – Me muestra la pieza del taladro que quiere conseguir.

Le pido el número de su teléfono para saludarlo de vez en cuando. Busca entre sus ropas.

– Aquí le doy mi tarjeta.
– ¿A partir de qué hora le puedo marcar?
– Después de las seis de la tarde.

Me encamino al baño. Me percató que está lloviendo. Regreso a buscarlo. Y ya NO lo encontré.

Fue muy grato conocerlo y atestiguar que Pablo vive al tope, que no se amedrenta de su condición de vida. Que sigue adelante.

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