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El significado de la vida: La premisa tratada con belleza en «La vida de Chuck»

Basada en el relato de Stephen King, que forma parte de su libro «La sangre manda», llega la tan esperada adaptación cinematográfica de “La vida de Chuck”. Con la mano productora y supervisión del mismo maestro, ya no sólo del terror, sino de las emociones, este fiel retrato de una de sus historias más hermosas y conmovedoras nos ofrece todo lo que su pluma puede plasmar para construir una poesía sobre la vida en medio de un mundo apocalíptico. Aquí no se trata del miedo ni de la desesperanza: se trata de la belleza. Y bajo la influencia de la poesía de Walt Whitman, King estructura esta historia circular que llega a hipnotizar por su sencillez, cargando con mensajes profundos que nos hacen pensar más allá de las palabras, y disfrutar de esas bellas líneas que el autor logra extraer de los rincones más invisibles del corazón.

Nos hace llorar. Nos conmueve. Nos hace suspirar. Reflexionamos con escenas tan hermosas que parecieran un canto más de Whitman a la vida. Pláticas que hacen que algo dentro nuestro despierte, tal vez un gigante dormido, tal vez seres ciegos en nuestra mente que no conocen el fuego ni la luz, desconocen el mundo, de lo que forma parte, y tal vez la razón de existir. El adiós frente al universo que se apaga. La maestra explicando el verso «Soy inmenso, contengo multitudes” de Whitman. La enseñanza sobre la perfección de las matemáticas, y el aburrimiento que puede dar un giro para convertirse en pasión. El baile como como un destello de belleza en nuestras vidas, y que podemos repetir cuantas veces queramos, con sólo desearlo. La gran belleza. Sobre eso trata esto, y sobre la vida. La vida.

La historia se cuenta de atrás hacia adelante, en tres actos que giran alrededor de Charles Krantz. En el tercero (el primero cronológicamente), nadie lo conoce, ni siquiera nosotros, pero aparecen mensajes celebrando sus treinta y nueve años. El mundo se hunde en caos: guerras, pandemias, hambruna. Es el fin (que no pareciera alejado a la realidad de hoy), y un hombre se lanza a las calles para llegar a la casa de su exnovia. Todo alrededor es Chuck y su aniversario, pero nadie parece saber quién es tal hombre. Un tercer acto simbólico y metafísico, con un final bellísimo que logra encender algo dentro de nosotros, y nos hace llorar, comprendiéndolo todo.

El segundo acto funciona como interludio, pero con un mensaje potentísimo. Conocemos a Chuck caminando aburrido por las calles, sin rumbo hacia su trabajo en el banco, hasta que escucha una batería tocada por una mujer. Entonces, deja caer su maletín, alza los brazos y nos regala un baile digno de ovación, acompañado de música vibrante. El mensaje, otro poderoso: Detenerse a veces, aunque sea un poco. Pararse, dejar caer el maletín. Saber escuchar. Sólo eso. Escuchar lo que sucede alrededor, y nada más. Volver a ser niños. Prestar atención a la belleza cotidiana que nos rodea. Y recordar las cosas que nos mantienen vivos.

El último acto, y en realidad el inicio, conocemos la infancia de Chuck, y entonces, el origen de su amor por el baile. Las cosas buenas de su familia, y también las malas. El saber que nos hace madurar y nos convierte en grandes. La pasión, la risa, los dolores con los que crecemos. Un secreto oculto en el ático, y que, al enfrentarnos a nuestros miedos de frente, podemos vivir con mayor sentido. De esta forma, la película, de principio a fin resulta una obra maestra. Un canto a la vida. Una oda a la existencia.

Y es que la adaptación, además, está magistralmente filmada bajo la dirección de Mike Flanagan, quien estuvo a cargo de proyectos como “El juego de Gerald” y “La maldición de Hill House”. La fotografía es poderosa, por ello también la poesía no sólo es narrativa, sino también visual, en sus planos y colores, y la cámara que se mueve con sutileza, como no queriendo romper la magia. La actuación de Tom Hiddleston es desbordante. Sus gestos. Esa sonrisa. El movimiento de su cuerpo. La banda sonora se impregna en esa aura de que algo misterioso sucede al inicio, y luego, al acto intermedio, con ese ritmo en aumento que lleva al baile in crescendo. Todo absolutamente encaja para que de este filme uno no salga inmune. Terminas roto, pero con esperanza, porque esta película termina siendo una poesía sobre la vida. Sobre todo lo que trata la vida. Su sentido y su andar. Su significado. Sobre los momentos que nos cambian y nos definen. Sobre las oportunidades que dejamos ir, y las que tomamos. Nos habla sobre el presente y los pequeños instantes que nos hacen libres. Nos hace darnos cuenta que todos somos, quizá, parte de algo más, o un elemento de algo más grande. Que todos somos todos. Todos somos multitud. Al ver «La vida de Chuck» interiorizamos que la vida se mide en destellos de memoria. Y recordamos que, tal vez, la vida se creó, y nosotros fuimos creados, por sólo esos instantes fugaces que son inmensos. Saber que tan solo unos minutos de baile lo pueden valer todo. Y es que, tal vez… «para eso creó Dios el mundo».

Víctor Daniel López
< VDL >

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