El día de hoy celebramos el 70 aniversario de la Orquesta de la Ópera de Bellas Artes. Setenta años que llevan de acompañar al teatro para enaltecerlo, embellecerlo. Complementar el canto con los instrumentos que cimbran desde el foso la mayoría de las veces, agilizando o deteniendo, llevando a la calma o al éxtasis. La música como protagonistas de los sentimientos, y otras, recordatorios de los sucesos. Los leimotivs que retoman una idea, y la desarrollan para hacer de ella toda una tesis artística. Así, siete décadas, en el teatro de ópera más importante de México, la orquesta de la compañía se ha venido perfeccionando y diversificando para traernos los mejores repertorios con el toque que cada director concertador, huésped o invitado, le impregna a las partituras. La celebración se festejó con la música, quizá, más sublime, grande y completa, dentro de la ópera. Wagner, aquel que afirmaba que la ópera es la obra de arte total, la suma de otros artes, y quien vino a revolucionarlo todo; y por otro lado, su sucesor, su heredero musical, continuando experimentando aún más y siendo el preámbulo del modernismo: Strauss. Ambos Richard, ambos innovadores, los dos grandes. La orquesta así, con cinco piezas que no pudieron ser mejor elegidas, lució en su máximo esplendor, explorando cada tonalidad y ritmo, los instrumentos uniéndose para lograr un acto sagrado, en comunión. Cinco piezas que nos recordaron esas historias medievales y de búsqueda interior. Las tradiciones alemanas, el hombre que intenta descubrir el mayor misterio de todos, y la fantasía de un cuento de hadas de Wilhelm Hauff. La compasión y el sacrificio. Los amores imposibles que sólo son capaces de vivir de madrugada, y también aquellos que se dejan ir por la diferencia de edades. El tiempo, siempre el tiempo: como cómplice o enemigo; deteniéndose en los silencios, temblando con los vibratos, o avanzando con la suma de todos los instrumentos. Llegar a una explosión, y entonces dejar consumirse por una sensación que quizá sólo los héroes y dioses son bendecidos de experimentar. La dirección concertadora estuvo a cargo del reconocido Stefan Lano, y en la velada rememoramos óperas de “Los maestros cantores de Núremberg”, “Parsifal”, “La mujer sin sombra”, “Tristán e Isolda” y “El caballero de la rosa”. Al final, fuimos testigos de la develación de placa con las autoridades de Bellas Artes, y la gran presencia de Marcelo Lombardero, quien en poco menos de un año ya ha logrado bastantes cosas, entre ellas este exitoso concierto de festejo en donde nos llevaron al límite, para sentir lo que con la ópera uno siente: absolutamente todo. Setenta años de la orquesta de la compañía. Setenta años de música para elevar los sentidos. Setenta años que parecieran nada, pero en realidad son mucho. Y mucho más, lo que aún falta.
Víctor Daniel López
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