Tres mujeres. Una tormenta. Y el mar.
Por el mar (aún si nosotras nos ahogamos) nos pone a todos en una casa a la que le han pasado los años. Con sus goteras y desgaste en las tuberías. El agua siempre encuentra la forma de meterse. El agua del mar. El agua de la lluvia. Y el agua de las lágrimas. La sal y la humedad. Una hija que ha perdido a su madre decide vender la casa en donde sólo habita su recuerdo. La compra una madre que ha pasado distanciada de su hija durante mucho tiempo. El pasado no es pasado, es el presente; y el presente, persiste. Las fisuras de la casa son los desperfectos del corazón. Y a veces, huir del dolor sólo dirige hacia un camino en donde cohabitan todas las heridas. Una joven marroquí llega a mitad de la tormenta, huyendo de su vida, porque allá, en el pasado, había estado viviendo en la mierda. Y entonces, la tormenta fuerza el encierro para hacer sacar las sombras, convirtiendo esta historia en una historia de soledad y de exilio, de pérdidas y de duelo. Una historia sobre madres e hijas, y el insoportable vacío que provoca la muerte de tu madre o el silencio con tu hija o el destierro forzado de tu propia tierra. Afuera llueve, y el mar entra. El mar entra y lo tenemos allí presentes gracias a un increíble diseño artístico en la escenografía minimalista y rotatoria. El azul que corre y el azul del fondo, con bellas proyecciones visuales como las medusas, las rayas y los rostros. La edición sonora también está a la altura, escuchando el viento, el mar y las goteras. Mahalat Sánchez, Teté Espinoza y Astrid Mariel Romo son nuestras protagonistas, con actuaciones solemnes y sinceras. Gritan como se grita, lloran como se llora, y callan como se sufre. El guion adaptado, basado en el trabajo de la dramaturga francesa Anaïs Allais Benbouali, es un texto hermoso y poético, con grandes frases de las que ninguno puede estar blindado. La obra termina siendo un resultado grande gracias a la dirección de Rebeca Trejo. Y así, «Por el mar» nos regala una noche para pensar, para reír por momentos, para llorar. Un instante para salir de allí recordándonos nunca dejar de amar. Y si nos vamos, bueno, siempre quedará el mar, y las ballenas para cantar.
Víctor Daniel López
< VDL >


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