«Espartaco» de Howard Fast es la novela, publicada en 1951, que inspiró a la película de Kubrick nueve años después. La obra fue galardonada con el Premio Internacional Stalin de la Paz en 1953 (que le quitaron tres años después) mientras en Estados Unidos eliminaban sus libros de las bibliotecas, y después, en 1973, se le otorgó el Gran Premio de la Literatura Policíaca, el más prestigioso de Francia.
Esta novela no es una simple crónica de rebelión, sino un canto profundo a la dignidad humana; un eco de cadenas rotas que se prolonga más allá del polvo de Roma. La figura de Espartaco ya es más que conocida: el esclavo, el gladiador, un hombre que, ante todo… es hombre. Y entonces, a través de las páginas de esta historia, su sombra se alza entre la violencia del circo romano mezclada con la ternura de un amor que florece en la penumbra. Aquí no hay héroes marmóreos: hay carne llagada, celdas oscuras, cuerpos exhaustos que se abrazan a un ideal imposible, y una rebelión que lucha por la libertad y la dignidad humana.
En esta novela, reditada por Fondo de Cultura Económica, Fast escribe sin adornos superfluos, con una prosa directa que, sin embargo, vibra de humanidad. Su rebeldía no se limita a narrar lanzas y escudos; se cuela en diálogos en donde Roma discute su propia brutalidad, y se insinúa en la delicada fragilidad de Varinia, así como en la obstinación luminosa de un hombre que decide que ningún poder es invencible. Entonces, a través de flashbacks provenientes de conversaciones y recuerdos de personajes como Crassus y Caius, es que la historia de Espartaco poco a poco se va hilando hasta consagrarse como el mito que posterior a su muerte se edificó, y que incluso hoy se le sigue venerando.
«Espartaco» no habla de otra cosa más que la libertad. En tiempos en donde a los inmigrantes se les está tratando casi como a esclavos, es crucial poder releerse. Una lucha contra el tiempo que pareciera sigue siendo el mismo. Una lucha contra el miedo, contra la tiranía, y contra siglos de barreras y fronteras. Un mensaje, y la misión de un hombre de antaño por acabar con la opresión, que no hay que olvidar, sino todo lo contrario: rescatar, y volver a luchar.
Víctor Daniel López
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