Jorge Pimentel es considerado como uno de los poetas contemporáneos más importantes de Perú, además de haber sido el fundador del movimiento “Hora Zero” junto a Juan Ramírez Ruiz en 1970, y de haber mantenido una estrecha relación con los infrarrealistas durante sus visitas a México.
Recientemente, Fondo de Cultura Económica publicó en México su obra más conocida, y nombrada como el libro de poesía más importante publicado por un poeta peruano en el siglo XXI: “Jardín de uñas”. Y es que esa imagen es la que recorre varios de sus poemas que conforman esta antología, metáfora de ideas y sentimientos que reflejan el interior del escritor, especialmente durante su reclusión en el Centro de Rehabilitación del Hospital Santa Clara después de un colapso nervioso y ataque cardiaco derivados de su adicción al alcohol. En ese tiempo escribió más de cien poemas que nos hablan de jardines en descomposición, de pensamientos presos de libertad y el exterior, así como de su ideales políticos y sociales por los que siempre luchó.
Tardaron más de treinta años, hasta 1974, en salir a la luz. Versos íntimos que nos hablan de sus adicciones, como de la soledad y el encierro. Una poética espléndida para traernos lo mejor de la escritura peruana. Una crudeza que nos despierta fibras sensibles y nos hace compadecernos de su situación, pero que también es capaz de convertir la crudeza en belleza. Hay en sus poemas, además, una conciencia social abrasadora: la Lima de barriadas y calles mordidas por la injusticia late en cada verso. El poeta se confiesa, se insulta, se celebra y se destruye. No hay comodidad ni consuelo; hay un rugido que germina entre uñas partidas, y una esperanza que se sabe herida, pero insiste en brotar.
De esta manera, «Jardín de uñas» es un ritual que permite abrir las heridas para que la piel pueda volver a surgir. Leerlo es meter los dedos en la tierra oscura de la desesperanza, y sacar, de esa podredumbre, flores de furia y canto.
Víctor Daniel López
< VDL >

ASTROSOMBRA
Ver sin ver: el río, la noche, el día.
Ver sin ver y extrañar,
extrañar mucho sin comprender.
Intentar asaltar, deletrear la astrosombra
que advierte, que triza la frente,
el nivel, la gran fe.
Estar aquí delante de la frente
es comunicar racimos envolventes de presagios,
de sombras, es devolverte, es devolverte, es devolverte
un conocimiento de árboles nuevos, asombrados, asombrosos.
RESPLANDOR
Qué queda por responder.
Qué nos queda.
Qué nos queda, qué nos usurpa
aligerando la duda en la calma.
Qué queda, dos o tres venas enamorando la belleza.
Qué queda, derramando el despropósito.
Qué queda, quedar, quédase, qué se posterga.
Qué no amerita, qué se ahueca, qué a lo lejos.
Qué se ojea, deletreando la premura, la pena cargosa.
Qué puede quedar alzados los brazos.
Qué se ofende sorbiendo líquidos como densos espejismos,
en las puertas de un calendario mojado de estrellas.
Qué queda sino la alegría.
Qué queda para saber más de alguien, más de ti.
Quizá porque agolpaba afuera una mirada, una voz
que advierte, que triza la frente el nivel la gran fe
partículas adoloridas que el cansancio no dice,
no especula, no confronta.
Y estar aquí delante de tu fe.
No tengo la majeza de esos alborozos.
No tengo otra edad.
Esta ya dificulta.
Y estoy en la brisa, como los cantos, como la aventura
absorbiendo la tibia conducta del atardecer.
Jorge Pimentel

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