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Catarsis en Cata
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Enrique Bunbury y El Huracán Ambulante en CDMX: Un circo, una cantina, un cabaret

Este miércoles se vivió en la Ciudad de México un espectáculo que hizo vibrar el alma de más de sesenta mil personas reunidas ante una lluvia tormentosa que parecía no iba a parar. En medio de todo, en el corazón de la ciudad, se levantó de pronto un circo. Se vivió una cantina. Regresó un cabaret. Y uno de los máximos íconos del rock español, Bunbury, volvió después de muchos años con la que ha sido la mejor banda con que ha tocado desde que inició su carrera como solita: El Huracán Ambulante.

La lluvia ese día parecía haberse controlado, después de semanas de intensas tormentas. No había caído ni una sola gota en toda la mañana y tarde, hasta que de pronto, el agua se dejó venir con todo para las seis de la tarde, colapsando la ciudad justo a la hora en que muchos nos alistábamos para salir al concierto. Las 20:30 era la hora predilecta, pero para entonces ni la mitad del Estadio GNP estaba lleno, porque todos nos encontrábamos en el tráfico de la ciudad, en Periférico, sobre Circuito, en Viaducto, todo detenido, y el transporte público, el metro, el Metrobús y los camiones, colapsados. Así que nos dieron una hora más para poder llegar, y fue que a las 21:30 exacto dio inicio el show.

El circo con «Otto e mezzo», recordando a Fellini, levantó los enormes telones rojos, con una imagen de lupa al fondo en donde presentaba al Huracán. Para entonces, la lluvia ya se había detenido, como si fuera un regalo de los dioses y los humanos, los elefantes, malabaristas y los enanos, para disfrutar la explosión musical que se vendría a continuación. Enrique salió ante la euforia de un público que parecía no le había importado ni la lluvia ni el tráfico, sólo estar ahí, para ver al aragonés errante, tomar unas buenas cervezas, disfrutar del rock y del folclor, y cantar a todo pulmón hasta sacarlo todo, desde adentro, para curar el tiempo perdido desde la última vez.

La primera parte fue una gran remembranza hacia sus mejores tiempos, con «Pequeño» y «El viaje a ninguna parte». Los instrumentos que tanto añoramos volvieron, y esos integrantes que han hecho de la música de Bunbury una orgía de estilos y ritmos. La trompeta, el trombón y las percusiones que nos remontan a una gran carpa de circo, en donde todos somos extranjeros capaces de pagar cualquier precio por nuestro propio rescate.

Después, fueron intercalando los éxitos de sus primeros álbumes con los del último, «Cuentas Pendientes», de los que pudimos escuchar «Te puedes a todo acostumbrar», «Para llegar hasta aquí», «Las chingadas ganas de llorar» y «Serpiente». Y, aunque precisamente no fue con esta banda con quien compuso estas obras, también trajeron «Alaska» del anterior álbum de Enrique, «Greta Garbo», y «Parecemos tontos» con una nueva orquestación al estilo del Huracán. Los gritos reventaron cantando himnos como «Sí», «Sácame de aquí» y «Enganchado a ti», recordando los conciertos que hacía mucho no nos regalaba. Y entonces el encore nos trajo «El viento a favor», para recordarnos que siempre las cosas pueden ir a mejor; «El jinete» de José Alfredo Jiménez como hacía mucho no lo escuchábamos en vivo: tan potente, tan eléctrico, tan dándolo todo Enrique y su banda; y para terminar «… Y al final», con la que Enrique derramó algunas lágrimas de sus ojos de asombro, llorándole al público mexicano en la capital, agradecido por su espera, de su entrega, hipnotizado por ese acto de comunión que habíamos logrado hacer esa noche con él, recordando que el cielo puede abrirse, después de una tormenta, para traernos dos horas de éxtasis, como una explosión de Big-Bang, llegando hasta ahí para perdonarlo todo, acostumbrándonos siempre a esa voz, desmejorados, como serpientes de cascabel, ya mayores pero los mismos, y sacándonos del silencio para solamente hacer una cosa en conjunto: apostar por el rock ‘n’ roll.

Víctor Daniel López
< VDL >

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