Por: Erick Gálvez Ayala
En tiempos desechables es difícil encontrar un movimiento artístico que tenga un recorrido natural, un crecimiento paulatino, y que, además, se sostenga de la persistencia. Vivimos días en los que las verdades se esconden como mentiras, y las mentiras parecen verdades; pero al fondo, casi de manera imperceptible, se escucha música urgente, callejera, contestataria, hirviente. Hay realidad desbordando, verdades que flotan como si no fuera posible hundirlas. Eso es el nuevo trabajo de Belafonte Sensacional: «Llamas, llamas, llamas».
Una obra bizarra, un collage sonidero que nos traslada por diversos momentos, entre la furia contenida y el desaliento, la esperanza acompañada de fuego. «Llamas, llamas, llamas» es una suma de distorsión, psicodelia y suspiro canalizado en 9 canciones más profundas de lo que se entiende a primera vista, y más hirientes de lo que suenan. Estamos frente a un crew de músicos que desbordan pasión por lo que hacen, letras con aromas de dolor, de ánimo, de furia y añoranza. Y, por si fuera poco, es una obra completa, no hay canción de desperdicio, no hay tracks de sean de más. Lo que se oye es necesario y contundente, sobresaliendo «Negra soledad» que nos recuerda a un México antiguo (el de la época de oro del cine mexicano), así como «Chris Farley», que es una canción nostálgica de vanguardia, y por supuesto la colaboración de Julieta Venegas en «Suaves son los días», una canción hermosa.
No podemos decir que Belafonte Sensacional ha regresado, porque en realidad nunca se han ido. Han estado presentes en los últimos años del underground de la ciudad, buscando su lugar, ganando público con el comentario de boca en boca, con sus presentaciones en vivo que son poco menos que inolvidables. Saben que no son dueños de algo (tal vez sí, del destroy), pero prefieren la nada: caminar en el vacío puede ser más interesante que esperar en la comodidad. ¡A huevo, Belafonte!
“Cada ciudad con 800 mil o un millón de habitantes, genera su propia zona prescindible, compuesta por esa gente sin oficio ni beneficio, en el filo de la navaja entre la sobrevivencia y el delito.”
Carlos Monsiváis

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