¿Quién es José Trigo? Se pregunta una y mil veces mientras se camina por las vías abandonadas de los ferrocarriles, a un costado de las fábricas y los predios y los campamentos levantados de gente sin nombre o nombres de gente sin rostros, de mujeres que venden girasoles, y de muros que no hablan de otra cosa más que de tierra y de piedras y de fierros oxidados por el paso de la lluvia y el tiempo. ¿Dónde está José Trigo? ¿A dónde se fue? Como en una paisaje rulfoniano, como Comala, como Pedro Páramo buscando a su padre, su propio pasado, así nos adentramos en «José Trigo», buscándolo también, llamándolo, deseando encontrarnos con él para que nos cuente lo que ha sucedido en esa región de la periferia, de entonces, rumbo a Tlatelolco, colindando con Nonoalco, en la colonia Atlampa, y más preciso, sobre la calle Crisantema por donde corrían los rieles de trenes que iban a todos lados y a ninguna parte, en un México post-revolucionario lidiando con nuevas revoluciones y sumido en una crisis social en donde, más que nada, se luchaba por encontrar nuestra propia identidad.
«José Trigo» fue la primera novela publicada por mi escritor mexicano favorito, Fernando del Paso, lanzada en 1966 y ganadora del Premio Xavier Villaurrutia. Una obra que termina siendo «un río de palabras, un país que hierve en las vías del ferrocarril», pues todo sucede ahí, en donde la gran maquinaria ha llegado para recorrer miles de kilómetros hacia el norte y hacia el sur, transporte de carga y transporte del pueblo, vagones que salían de la gran estación de Buenavista. Así, «José Trigo» se instala en el corazón ardiente de la Ciudad d México, en los márgenes del tren y los márgenes de una sociedad que luchaba con la modernidad y contra los cambios político-sociales que ocurrían en ese año turbulento de la huelga ferrocarrilera y la Guerra de los Cristeros.
Entonces, en esa búsqueda del personaje protagonista, al que nunca vemos ni escuchamos, pero que todo gira en torno a él, es que desencadena este desorden mágico del caos y a través de una melodía polifónica. Distintas voces, diferentes estilos. Todo en un poema en prosa en donde Del Paso expone su maestría en el uso del lenguaje: palabras extrañas, palabras inventadas, juega con el idioma, transforma las frases, las corta por la mitad. Es un alquimista de la narrativa, con una inteligencia enciclopédica que nos hace adentrar en un mundo intelectual sin perder su poesía, su belleza, con un ritmo que siempre va sucediendo al mismo paso, el mismo tempo, como un tren que corre siempre a la misma velocidad.
A Fernando del Paso se le ha llegado a comparar con James Joyce, y su José Trigo con el imponente Ulises, dado su ambición estructural y experimental, así como por su densidad y complejidad narrativa. El uso del monólogo interior de los escritores irlandeses e ingleses de principios del siglo XX. El recurso del flujo de la conciencia. El paisaje como un personaje más. La historia de trasfondo, y los hechos que dan vida a las palabras que tratan de expresar su origen y su destino: ambos. Vemos, también, muchas referencias a la mitología prehispánica, e incluso simbolismos en algunos personajes u objetos, como los girasoles. Y entonces, así, esta novela que pareciera no habla de algo en específico, habla de muchas cosas. Convoca a Marx y a los tlatoanis; a las canciones populares, a las revoluciones y a Joyce; a la historia y al mito. La Calle Crisantema, Atlampa, y Nonoalco y Tlatelolco, se transforman más que en un escenario. Terminan siendo el personaje principal, una criatura palpitante, y un espacio en donde el tiempo es circular, y en donde el pasado y el presente se abrazan y se confunden.
«José Trigo» resulta una mezcla de lo indígena, lo mestizo, lo moderno y lo que se resiste a serlo. Es una novela que habla de un México viejo, pero que no ha cambiado mucho, o del todo. Uno puede caminar, aún hoy en día, sobre las vías de tren abandonadas, y sentir el mismo murmullo del viento que cuenta las mismas cosas, el eco de los secretos e historias de antes, viniendo de todos lados, de todas direcciones, del norte, del este, del sur y del oeste, de la modernidad y de lo deteriorado, lo abandonado, lo que ha cambiado. Las palabras estancadas en las piedras, los fierros oxidados, aquellas que llegan desde la estela de Tlatelolco, de la Estación de Buenavista, recorriendo las calles de Naranjo, Ciprés, Pino y Nogal, para llegar hasta la Calzada de Camarones, entre nombres perdidos, ataúdes y girasoles, preguntando siempre la misma pregunta. ¿José Trigo? ¿Quién es José Trigo? Y es que la respuesta tal vez sea plural: Nosotros. Tal vez todos los mexicanos tengamos el nombre de José Trigo.
Víctor Daniel López
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