El día de ayer fuimos testigos de la primera noche, de cinco, de la nueva puesta del «Rigoletto» de Verdi por la Ópera de Bellas Artes, en donde Alfredo Daza y Arturo Chacón-Cruz estuvieron juntos, uniendo voces y compartiendo escenario. Uno, de Rigoletto, el mejor barítono que México tiene; el otro, haciendo del Duque de Mantua, uno de los más grandes tenorazos. Ambos de talla internacional. Y en esta primera función también, la increíble soprano Leticia de Altamirano, como Gilda. Los tres formaron una triada perfecta. Sus voces, jóvenes, pero bien educadas, las festejamos y elogiamos en una noche en donde la ovación no paraba al final de cada acto y de cada escena.
Un triángulo vocal poderosísimo que nos cuenta esta historia de Verdi sobre un bufón que cuida a su hija como el mayor tesoro que tiene. «Un ser ridículo, terrible y deforme criatura, que lleva en su interior un caudal de pasión y de amor.” Se burla de los otros, pero como método de defensa, porque dentro de él, la fragilidad vive, y la suya tiene nombre de “Gilda”. La protege de todo peligro, privándola del exterior y de sus demonios que andan sueltos. Un bufón jorobado, sujeto de burla en la corte y la calle. El bufón, un personaje que, en la época francesa del siglo XIX, era recurso para plasmar la tragedia disfrazada de comedia, porque detrás de esas máscaras de risa y carnaval, se esconden las sombras de las penas, como la mirada triste de ese hombre viejo que sufre por su hija.
Entones, vemos el tema reiterativo de Verdi en sus óperas: el amor filial, la relación padre-hijo, padre-hija, tema que tratará de evocar su música una y otra vez, regalándonos así las arias más hermosas, pero también las de mayor fragilidad (tonal y emocional). Ese amor que hace que uno lo arriesgue todo con tal de proteger a la persona amada. Su hija. Rigoletto es el nombre de ese bufón deforme no más herido que su corazón. Y al ver expuesta la seguridad de su hija, buscará, sobre todo, la venganza. La ópera se vuelve casi que un thriller, en el que los actos girarán en torno a una maldición lanzada desde el inicio. “¡La Maledizione!”, serán las últimas palabras de Rigoletto cuando se muestre aquel trágico final, y uno de los más turbadores en la ópera. La historia está basada en el drama romántico de Víctor Hugo “Le roi s’amuse”, en donde los protagonistas son el rey Francisco I y su bufón Triboulet, pero que Verdi tuvo que cambiar el contexto y un poco la historia, para adaptarla un poco a la suya propia, a los tiempos, y a la música. Al principio, Víctor Hugo estuvo renuente al proyecto; sin embargo, después de haber asistido a una de sus funciones, y en especial, al haber escuchado el cuarteto del tercer acto (considerado como de los más sublimes y queridos en la historia de la ópera), terminó aplaudiendo y aprobando el trabajo de Verdi. Porque, sabemos, Verdi era el maestro del teatro, de su representación a través de la música. Y hoy en día, “Rigoletto” pertenece a su trilogía perfecta y más conocida, junto con «Il Trovatore» y «La Traviata”. Las tres muestran su genialidad en la construcción de personajes muy humanos y en la adaptación de obras narrativas a la música. Y en esta, “Rigoletto”, considerada una de las óperas más exigentes para tesituras de barítono, escuchamos incluso aún algo de las notas y estilo del Nabucco de hace unos años de Verdi, ese ritornello interruptus, delicado, sutil, que representa un pensamiento revoloteando alrededor de un amor patriótico o filial. “Rigoletto”, ya apuntando también hacia el futuro del estilo verdiano, cuenta con bellas arias. Leticia de Altamirano interpretó una bellísima “Caro nome”, sacándonos lágrimas y manteniendo un silencio que nadie quería romper. “Ella mi fu rapita!» y «Parmi vedar le lacrime» hicieron reventar el Palacio de Bellas Artes al escucharse en la potente voz de Arturo Chacón. Y Alfredo Daza, lleno de locura y de dolor, cantando “Cortigiani, vil razza dannata” que por igual nos hizo conmover y romper el corazón. Pero entonces, el momento cumbre estalló con la famosísima “La donna è mobile”, en la que al término de la interpretación de Arturo Chacón-Cruz, el público no dejaba de vitorear sin dejar continuar, haciendo que el tenor volviera a repetir. Fue algo memorable. La música, la historia, las voces. Y, además, la dirección de escena que nos presentó una propuesta más moderna, retrato de un México tal vez de los sesentas, tal vez actual, con sus jaulas de neón, sus prostíbulos y vecindades antiguas. Una puesta excelente que llega a tocar fibras de las que no hemos sido capaces de salir. La mujer, no voluble, sino vulnerable, frente al acoso y frente a la violencia. Las desapariciones y muertes. La mujer frente a la tormenta. Esa tormenta que nos habla de actos atroces, de venganzas y gritos, y de padres que pierden a sus hijas como la mayor maldición que les pudo haber caído. Y entonces, el rojo más rojo que se convierte en negro, y cae el telón para siempre.
La ópera se estará presentando todavía los días 11, 13, 15 y 18 de mayo, alternando papeles Alfredo Daza con Jorge Lagunes, Arturo Chacón-Cruz con Leonardo Sánchez, y Leticia de Altamirano con Génesis Moreno. Las localidades están agotadas. Lo he dicho ya varias veces, y después de ver este segundo número del año, lo repito: México está trayendo de regreso la verdadera gran experiencia de la ópera.
Viva la ópera. Viva Bellas Artes. Y claro, una vez más, después de un siglo gritando… ¡VIVA VERDI!
Víctor Daniel López
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