Por Erick Gálvez Ayala
La primera vez que desperté y ella ya no estaba
me miré al espejo y lo opaco se reflejaba,
el andar se hizo aún más calmo, pude soportar, pero no ocultarlo.
La primera vez que solo la vi en un portarretratos,
el temblor llegó a mis manos, mi voz se entrecortaba;
estaba añorando verla por la puerta, era hielo, todo me desconcertaba.
La primera vez que tuve que mirar los ojos de los demás, tras su partida
sentí que venía un torbellino por mí, y la angustia no desaparecía.
La primera vez que entendí el dolor en su justa medida
asumí que mi corazón, hecho añicos, al final enmudecería.

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