Añade un anuncio a tu sitio.

Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Un Nobel es un Nobel

Las paredes blancas estaban viejas. Yo me encontraba en el quinto piso del edificio. Aunque el lugar era privado, me sentía extraño, como ajeno al cuerpo, lo que resulta ya de por sí una incongruencia. Estaba recostado. En tres días sería Semana Santa y yo sólo pensaba que este año sería el primero en que no haría absolutamente nada interesante. Los últimos cinco estuve fuera de México, y ahora, este año me tocó, por desdicha o por azar, quedarme enjaulado dando vueltas internas como si estuviera dentro de un trompo girando. La puerta se abrió y entraron dos personas, un hombre de edad madura, tal vez cincuenta años, acompañado de una chica de veinticinco, o menos. El señor me inspiró confianza; la chica, por ser tan joven, quizá no tanto, porque a veces la falta de edad significa falta de experiencia. Fue como si me leyeran los estatutos de una empresa que, aunque mía, comenzaría a desconocer al someterla a un tipo de auditoría externa. “Estaremos platicando contigo”, me decían, “y luego te comenzará a dar sueño… pero es importante sigas con nosotros, que respondas a nuestras preguntas, que sigas nuestra plática”. “¿Y luego?”, pregunté. “Luego, de pronto te habrás quedado dormido… no pensarás en nada, no soñarás, para ti será como un abrir y cerrar de ojos, sentirás como si sólo hubiera pasado un segundo”. Me sentí en un capítulo de Black Mirror, ¿y si aprovechaban para meterme algún tipo de chip o algo? La verdad es que exageraba, pero siempre he gustado de exagerar todo, y la verdad, eso es lo que me ha mantenido interesado en seguir con los ojos abiertos. Abrirlos cada vez que intentan cerrármelos, como ahora. Y mientras estaba allí, acostado, con el viento corriendo afuera y estrellándose con las ventanas, y un calor bochornoso que me hacía sudar incluso allí dentro de la habitación, pensaba en cuán raro y exagerado había estado transcurriendo ese año, desde que comenzó en enero con sus accidentes y emergencias en conocidos y familiares. Mi padre casi al borde de la muerte, y yo estuve ahí, en ese preciso momento, para salvarlo. Pero, además, las muertes que sí sucedieron de personas cercanas. Tan sólo han pasado cuatro meses, y ya todo lo que ha ocurrido, y esta vez no es exageración, aunque sea un hombre exagerado. Antes de marchar la pareja que había entrado, me preguntaron si quería escuchar algún tipo de música especial que no fuera reguetón, a lo que respondí: “Rock está bien”. “¿En inglés o en español, y de qué época?” “Rock en español de los ochentas”, volví a contestar. Y deseé que ojalá así fuera la muerte, que a uno le preguntaran minutos antes qué canción deseaba escuchar mientras lentamente se iba sumiendo hacia la oscuridad eterna. Mientras esperé a que regresaran por mí seguí pensando en la extraña exageración de este año con todo lo que ocurría, incluso a mí, que desde enero me habían comenzado a dar unas hemorragias nasales que no paraban, y que justo por ello es que me encontraba allí. Esto tal vez sí sea una exageración. Pero da igual, estaba ahí, pensando en el año, y en que era 2025. Yo sabía que los cincos siempre me han sido números de la suerte en los años que pasan. Cada lustro es como si se alinearan los planetas o las estrellas o mis átomos, que hacen que me sorprenda con algo tremendamente grande y bueno. Y es que a mí, como exagerar, siempre me han gustado las sorpresas. Y este año era un cinco, y lo había estado esperando desde el anterior, que acabara la mala suerte para comenzar un nuevo periodo. Siempre ha sido así, desde que recuerdo en 2000, después 2005, 2010, 2015, 2020, y ahora es 2025. Cada cinco años la misma suerte que, exagerando o no, me regala los mejores momentos. Así que sabía que este año me esperaba algo muy grande, aunque las cosas no comienzan a suceder desde enero, ya lo tengo medido. La buena suerte comienza desde mediados, mayo o junio, casi iniciando el verano. Así que aún faltaban unas semanas, pero mientras tanto, la mala suerte parecía estar terminando a lo grande. Tal vez un poco de exageración, o tal vez no. Todo eso pensaba cuando fueron por mí, me transportaron en una silla de ruedas y me llevaron al quirófano, en donde allí ya me estaba esperando el mismo señor de antes. Además de él, otra chica, esta vez mucho mayor que la anterior, quien me sonrió a la vez que me decía que todo estaría bien. También me esperaba la música que había pedido. Cerati cantando, lo cual me consoló al principio, pero después, me intrigó. “¿Cerati?… ¿De verdad?… No creo que sea bueno ponerle Cerati a alguien minutos antes de inducirlo a la inconsciencia”. “Yo sí quiero despertar”, pensé, casi riendo por dentro. Después comenzaron a hacerme algunas preguntas, y después ya no me acuerdo de nada. Desperté en mi habitación de antes, aún medio drogado. Me volví a dormir, desperté, y volví a dormir. Al final, desperté, que fue lo importante. Regresé a casa y allí pasé los días siguientes. La Semana Santa comenzó, y yo, la mayor parte del tiempo acostado, sin salir porque no me podía ni dar el sol, me advirtieron. Tenía metido por mis fosas nasales dos cosas tan largas, del tamaño de una escoba, que no me permitían respirar (tenía que hacerlo por la boca). Aunque tomaba analgésicos, pasadas las siete horas ya sentía el dolor. Por las noches no podía dormir, además del calor insoportable de una primavera que parecía estarse quemando en el infierno. Pero era Semana Santa, y para ningunear mi situación, intentaba pensar en la pasión de Cristo. “Si él pudo soportar aquel calvario, yo puedo con esto”, me decía. Y entonces así sucedieron mis días en esas fechas santas, que en los últimos años habría estado en el eje cafetero de Colombia, en Andalucía, o en la selva de Costa Rica. Pero éste no, nada interesante; al menos aún, porque estaba ya por ser verano, y en un múltiplo de 5. El año de la suerte anterior había sido realmente bueno, pensaba. 2020 sí que había sido muy bueno, como un carnaval de Brasil. Aunque, el premio mayor lo seguía ganando 2015: ese había sido EL año, allí había cambiado mi vida. “¿Qué me esperaba este 2025?”, pensaba en la cama, sin poder dormir por las noches, con las escobas metidas en mis narices, bañándome un día sí y un día no, mientras escuchaba por las noticias que más bien el mundo se estaba yendo al carajo. El demente de Trump seguía cada día amenazando con alguna nueva estupidez que ponía patas arriba la economía y la estabilidad. Y entonces, que si la guerra comercial, que si China contraataca, y que si la Unión Europea no saber ni qué posición tomar. México negociando, la bolsa desplomándose, volátil como nunca, y los países a punto de una recesión. Los ataques aéreos de Estados Unidos a Yemen, y aún el conflicto entre Ucrania y Rusia. Ecuador volvió a reelegir a Noboa, y Bukele en El Salvador mostraba ya un disparate contradictorio que había pasado de la izquierda a un totalitarismo sumido de extrema derecha. En Europa estaba a punto de estallar la verdadera guerra, mientras Latinoamérica se encontraba desorientada, como siempre. Y encima de todo, yo en la cama postrado con calor, dolor y sin poder respirar. Vaya que estábamos realmente mal, cuando de pronto, lo peor de lo peor sucedió. Cuando me enteré de aquella noticia trágica, sí que se me vino el mundo y ni hubo Dios que me pudo consolar: Vargas Llosa había muerto. Así, sin más, de repente la noticia como bomba en Jerusalén. Me había dolido hasta el alma. Vargas Llosa, uno de mis escritores favoritos. “¿Por qué le guardas luto?”, me preguntaron algunos. “Si era de derecha, y al final ya ni sabía lo que decía”. Y yo respondí “no me importa, era buen escritor”, como siempre había respondido los últimos años en las mismas discusiones que enfrentaba en torno al escritor. “Pues estás mal, deberíamos más bien alegrarnos”. “¿Yo estoy mal? Ha sido el último de los grandes que restan”. Y volví sobre lo mismo, y no me cansé de repetir de nuevo que hay que aprender a separar al artista de la persona. “No deberías separarlo”, me han dicho. Y yo respondo “Si no lo hiciera, entonces me perdería de muchas grandes obras de arte; me perdería de mucha belleza”. Y el ejemplo que siempre pongo: Si no separara al artista del hombre, entonces no escucharía a Wagner, pero al repudiar su persona me estaría privando para siempre de la música más sublime que jamás ha existido. Sería casi como no tocar la vida, o no tener un orgasmo. “Igual, no deberías leerlo”. Pero lo hice, y lo sigo haciendo, y sigo pensando que Vargas Llosa ha escrito novelas como nunca se habían escrito, como “Conversación con la catedral”, en donde demuestra una maestría insuperable en torno al diálogo, o “La ciudad y los perros” o “Casa verde” que cuando la leí por primera vez no entendí ni un carajo. La novela que me enseñó a uno de los peores dictadores de todos los tiempos, “La Fiesta del Chivo”, o también la primera novela que leí de él: “Paraíso en la otra esquina”. Fue un grande, un genio, y, es más, en mi opinión siguió siendo un “izquierdista de closet” hasta el final (lo pude notar en “Tiempos recios”). Así que sí, sufrí por la muerte de Mario, aunque su nombre haya significado muchas discusiones en mi vida por mucho tiempo. En especial, con ella. Sí, a ella, a la que le debo la lectura más personal que tuve del escritor peruano. Mi niña mala. No la de Vargas Llosa, sino la mía. Siempre habíamos discutido por lo mismo, en lo bueno y en lo malo. Y entonces, aquella noche, después de un par de horas de la noticia de su muerte, yo ya no pensaba en él, sino pensaba en ella. ¿Se habrá enterado ya de la noticia? Hacía tiempo que no hablábamos porque yo la había alejado de mi vida. Y desde entonces ya no me lo perdonó. Además, recién había sido luna llena, y es que en lunas así uno piensa más en cosas como el amor. Aunque lo que hubo siempre entre nosotros dos nunca fue amor. Era otra cosa, pero nunca amor. Tal vez sólo resarcir la soledad con algo de cariño. En eso pensaba cuando recibí justo su mensaje, casi como si yo la hubiera invocado (pero eso era algo que siempre habíamos tenido: nos llamábamos con tan sólo nombrarnos en el pensamiento). “Ha muerto Vargas Llosa”. “Lo sé, estoy de luto”, le respondí. No me dijo nada más, y yo, que hasta hacía no mucho me había apenas enterado de que también se llamaba Julia, como “La tía Julia y el escribidor”, sólo le puse: “Tú no, niña mala. Por favor tú no te vayas”. Y ella ya no me respondió. Después de tantos años, tantos veranos y tantas travesuras, tal vez ahora sí ya habíamos terminado para siempre. Aunque nunca fue amor. Pero tal vez sí algo parecido a la intimidad que se guarda en la sonrisa de la luna. Si ella leyera esta última línea, seguro que piensa: “Ay, ese niño bueno con sus huachaferías de siempre”. Y sí, yo era más bien como Ricardito, aunque al final ya no tan bueno, lo admito. Igual no me importaba, y menos ahora que había muerto Vargas Llosa, que es lo verdaderamente importante aquí. Al día siguiente palpé mi libro. “Travesuras de la niña mala”. Cuánto amaba esa novela, y entonces pensé en cómo un libro puede tomar un significado tan grande como para hacerte cobrar valentía y actuar, o a veces, lo contrario: reprimirte y guardar silencio. Pero bueno, ahora sí ya no habría poética para traerte de regreso, te habías ido para siempre. Sucedieron los días, pasó la crucifixión y el sábado de gloria, y yo ni en una alberca ni en Revolución para ver a los que se mojan en las fuentes. Pasó mi luto, vino la resurrección. La de Cristo, no la de Mario. Y entonces la Semana Santa estuvo ya por expirar, no sin antes regalarnos la última para el cierre. El lunes llegó con la noticia de que ahora el Papa era el que había muerto. “Este año está maldito”, decía la gente. “¿Qué pasa con este año?”.  No era el único, y eso lo sabía porque también a mi alrededor a todos les estaban pasando cosas. Y ahora, al buen Francisco. Se decía que el mundo se había detenido un momento, aunque yo ya llevaba tiempo detenido. Una notica tras otra, cercana o en los noticieros, pero parecía que las energías estaban cargadas. “Bueno…”, yo comenté en una de las pláticas esa mañana, “la verdad, a mí dolió mucho más la muerte de Vargas Llosa”. “¡No inventes!”, me dijeron, “no hay ni tantita comparación”. Y yo, pensando en ese año, en los múltiplos de cinco, la buena y la mala suerte, las noticas y la guerra y las acciones, pensando en Cerati con dos escobas metidas en mi nariz, pensando en la Semana Santa, en mi niña mala y los veranos que siempre vuelven con sus lunas, terminé por agregar: “eso sí… no puede haber comparación… un Nobel es un Nobel”.

Víctor Daniel López
< VDL >

Tags:

Deja un comentario