Burdeos no se recorre, se navega.
Es un paisaje líquido en donde el vino y el tiempo se funden en una misma corriente. Y allí, donde el Garona dibuja una media luna en la tierra, late el corazón antiguo del vino francés.
La llaman el Puerto de la Luna, y no por azar. En esa curva suave del río, las barcazas del siglo XIX danzaban con el viento y las mareas, cargadas de sueños embotellados. Aún se escucha, si uno se queda en silencio en los muelles de los Chartrons, el crujido de las duelas, el zumbido de las sogas, el bullicio de los porteadores, y el eco de voces que hablaban en todos los idiomas del comercio marítimo.
Burdeos fue y es un puerto, pero también un puente entre la tierra y el mundo. Desde tiempos romanos se han cultivado allí las vides que dieron origen a nombres míticos: Médoc, Graves, Saint-Émilion. Cada copa bordelesa lleva siglos de historia, terroir y comercio. No hay otro lugar en donde la economía y el arte de vivir estén tan íntimamente ligados por un mismo color: el rojo profundo del vino añejo.
Recientemente, al visitar el Museo del Vino y del Negocio, nos sumergimos en esa memoria líquida que fluye con la misma fuerza que el Garona. Nos emocionó la presencia invisible de los antiguos négociants, guardianes del vino y del saber. Y en una vitrina de nostalgia viva, encontramos la carta del Capitán M.J. Marck, escrita antes de zarpar rumbo a Hamburgo en el siglo XIX. Nos habló de barricas y de azúcar, de cuero y lino, pero sobre todo, nos habló de Burdeos como se describe a un amor: con respeto, asombro y un dejo de melancolía. A continuación, compartimos esta bella postal lpoética de la ciudad llamada «el puerto de la luna»:
CARTA DEL CAPITÁN
M.J. MARCK
«Mi querida esposa, antes de partir hacia Hamburgo, quiero compartir contigo la maravilla que me produjo llegar a Burdeos, el Puerto de la Luna como lo llaman aquí.
Tras largas semanas en el mar, pasamos por el faro de Cordouan y la tripulación pudo por fin disfrutar del paisaje. Viñedos hasta donde alcanza la vista.
Y aquí estaba el famoso puerto de Burdeos. Es difícil describir este increíble espectáculo.
Hay que imaginar un puerto con forma de luna creciente cubierto por decenas de barcos, porque el río Garona serpentea a su paso por la ciudad.
Frente al río, una larga hilera de edificios de piedra, todos los comerciantes se han reunido en un barrio llamado los Chartrons. Por aquí hay un movimiento perpetuo de carga y descarga de mercancías, mientras que en las orillas del río hay un constante bullicio de actividad.
Un olor a alquitrán y madera acompaña a los carpinteros de la marina que están reformando los cascos de los navíos. El alquitrán se calienta en un caldero bajo la supervisión de un trabajador que luego lo aplicará con goma de roble para calafatear las juntas.
Detrás de las balaustradas, una multitud variopinta que ha venido a “chartronner”, como les gusta decir a los bordeleses, contempla la actividad de los marinos mientras evita el incesante tráfico de carruajes. Allí, un carretero intenta con unos cuantos latigazos hacer arrancar su carro cargado de piedras de la región de Entre-Deux-Mers. Al fondo, unos porteadores vierten barriles en el suelo desde una barcaza con mucho ruido y los llevan de vuelta a la bodega con la ayuda de cuerdas.
Y la misma agitación anima el río, donde cientos de barcos cruzan en un incesante ir y venir. Hay maniobras para intercambiar la madera de las duelas, tan preciada para la crianza y el desarrollo de los vinos en barricas.
En otros lugares, pequeños canales transportan a los viajeros desde la orilla del río hasta sus barcos frente a los Chartrons, donde los almacenes de los comerciantes de Burdeos supervisan la descarga del hierro, el cuero y el lino que traemos del Báltico.
A continuación, la lanzadera de las barcazas se pone en marcha de nuevo, pero en sentido contrario esta vez, porque embarcamos la carga de vuelta en el Carolina Frederica, mi querido barco, que lleva 8 bocas de incendio, que te aseguro, han permanecido en silencio. Los vinos de la región, los aguardientes, se acumulan en nuestra cubierta. Pero el grueso de nuestra carga consiste en azúcar y café de las Indias Occidentales.
Por último, hay que cargar las bodegas con comida para la tripulación: vino, agua, galletas, queso y ganado vivo, sin olvidar unos cuantos dulces que reservo para mi mesa.
Debo dejarte para que sigas esta última transacción antes de zarpar de nuevo. ¡Hay mucho más que decir! Ten la seguridad de que soy para toda la vida, mi querida esposa, tu siervo y fiel amigo.»
Cap. M.J. Marck.
Burdeos no es sólo un lugar en el mapa, es una emoción fermentada en barricas de roble, un cruce de caminos que hace que el vino se vuelve arte, negocio y memoria. Quien la visita, se lleva una historia en el paladar, y otra en el alma.
Porque en Burdeos, como en Catemos Arte, cada sorbo es una carta de amor enviada desde el pasado; y cada copa, una nueva travesía.






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