Ella tenía veintiuno y él treinta y cuatro.
Y desde el primer momento en que se leyeron sus nombres
en la mirada del otro,
y en el hielo sobre sus cuerpos
que se iban derritiendo,
supieron que no duraría lo suyo
más de un otoño
ni lo que tarda en caer un rayo.
Sin embargo,
dejaron florecer todas las jacarandas,
y así floreció la ciudad de asombro.
Se rompió la primavera
lloviendo gatos que aullaban a la luna
en las tremendas noches calurosas.
Y aunque él no pudo acompañarla a Medellín,
todas las demás flores fueron hacia ellos,
quedándose allí, en el recuerdo
de esas pláticas de poesía y de música,
de cine, los enigmas y el misterio.
Tú eras una niña;
yo, mucho mayor.
Tú te reías con mis tonterías,
y yo,
disfrutando tu inocente ternura.
pensaba -vaya ángel tenías-.
Ver tu sonrisa era como ver
el mar por primera vez.
Y cada vez que la acompañaba tu risa,
yo me sentía capaz de darte todas las lunas.
En un café nos conocimos por casualidad
una noche en que no tenías nada que hacer,
y yo sí, pero lo cancelé todo.
Pedimos una botella de blanco,
y el piano cantaba
a lo Tom Waits.
(Bukowski se burlaba de nosotros).
Así nos la pasamos escondidos:
en el centro de todos los lugares con esquinas.
Así nos fuimos desnudando sin quitarnos los nombres:
con las palabras en la punta de las lenguas.
Y allí, en donde no logra siquiera tocar el sol:
allí nuestro secreto,
y el calor.
Nosotros pensamos las pocas horas que duró el eclipse:
que solos,
tú y yo,
podríamos con todo.
Nosotros contra el mundo, y los años.
Y aunque no fue así, la luna se pintó de rojo.
Y rojo duró lo que tardan
todos los colores en desvanecerse
en el beso de la noche que se estrella
contra la mirada de la nube enamorada.
Cansados,
así las sombras
de una ciudad inquieta y nerviosa
acabaron con nosotros.
Tú te regresaste con un clavel en la mano,
y yo te pregunté si habías llegado bien.
Ahora: mírenlos todos.
Ellos van por ahí riendo solos.
Se acuerdan de la noche y de la luna y del rojo más rojo del sol que se convirtió en luna.
No importaba entonces nada más.
Sólo ellos solos
andando
de la mano
sintiéndose más fuertes que todos los Dioses del Olimpo.
Víctor Daniel López
< VDL >

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