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«Memorias de un caracol»: hermosa fábula sobre la vida y la resiliencia

El caracol usa una concha a su espalda como medio de protección. Arrastra ese caparazón durante toda la vida para protegerse de depredadores y del clima. Los caracoles no podrían sobrevivir sin él: es su medio de defensa, y su hogar. Los caracoles, aunque lento su andar, avanzan, siempre recto, y si dan marcha atrás, nunca lo hacen sobre el mismo camino. Sin embargo, siempre recto, y de frente. «Memorias de un caracol» es una bellísima reflexión sobre la vida. Una película de animación, artesanalmente realizada con stop-motion, cuidando cada detalle y brindando algo que no habíamos visto en su estilo. Nominada a Mejor Película Animada durante los Premios Óscar, pero ganadora de muchos otros premios, de origen australiana y bajo la dirección de Adam Elliot, esta obra de arte nos regala una hermosa metáfora de la vida de los caracoles comparada con la vida misma.

Grace Pudel, la protagonista, nos contará su historia desde su afición por estos moluscos. Grace ha blindado su vida a través de un caparazón propio que se ha ido colocando para amortizar los golpes, el dolor y las penas. Se escuda en su colección por todo cuanto tenga que ver con los caracoles. Una niña extraña, solitaria, falta del amor de un hogar y con el único cariño sincero que ha tenido de su hermano Gilbert, quien lo ha sido todo para ella.

Como fábula, como cuento, esta animación nos muestra cómo la tristeza es un camino que si se conduce en solitario es más desgraciado aún. Cada fotograma es un dardo al corazón. Nos conmocionamos ante el guion, la música, y la belleza de las palabras; lloramos cuando éstas van directamente hacia nosotros. Aprenderemos del dolor y los recuerdos de Grace, pero también de los mensajes poderosos de su amiga, de gran edad, que fue Pinky, quien aprendió a vivir la vida como se debe: sin miedo, sin caparazón, afrontándola de frente, levantándose, y andar sin retroceder. No mirar el pasado, seguir adelante. Ser locos, bailar como si nadie nos viera, despojarnos de nuestras ropas y pertenencias. Dejar a un lado el pasado, y lo que nos rompió, todo aquello cuanto nos hizo frágiles. Aceptar la persona en quien nos hemos convertido, y seguir en nuestra imparable búsqueda por la libertad. Porque sólo eso importa: ser libres. Lo demás, es pasado, y es lo que dejamos.

Este es un poema visual, una profunda reflexión sobre el dolor, la soledad, la resiliencia, la bondad y las conexiones con los demás. Su mensaje: cómo aprender a vivir la vida, mientras vamos descubriendo la belleza en nuestro camino.

Víctor Daniel López
< VDL >

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