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Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Ejercicio: Busca un parque, acuéstate bajo un árbol, cierra los ojos, escucha

En uno de los jardines del parque de Santa María la Ribera me senté bajo un álamo, tarde de domingo, o de lunes, tal vez de agosto en invierno, para cerrar los ojos y dejarme envolver de los ruidos y silencios que son propios de los lugares que amamos, puesto que los reconocemos, y a veces, los hacemos nuestros. Cerrados los párpados, escuchaba mi corazón, al principio mis pensamientos, pero después de nuevo el corazón. Todo cuanto acontecía alrededor era mío, y de nadie más. Y nosotros, no pertenecemos a nadie. Escuchaba la tarde, el jueves, el verano:

La música que imitaba a un taladro en los oídos, después la cumbia, el cha cha cha, y los sones que hacen que el corazón se abra mientras las arterias bailan. «¿Quieres comer ramen?«, pregunta una voz femenina, seguro a su pareja, ya grandes los dos. Tal vez vayan al Jametaro, y platiquen del día, o del calor, del cansancio, o de los mensajes de texto en el celular. Escucho el viento que barre las hojas, como si fueran besos plantados en las piernas de una mujer (que tal vez no conozca, o tal vez sí y ya no recuerde). Arrasando con la vida suena por una bocina, mientras se escuchan aplausos, y zapatillas que chocan contra el suelo y las hojas (o piernas de mujer), y es que aquí nada es casual. La casa de Thalía, donde vivió Thalía, está a tan sólo unas cuadras. Curioso que se le recuerde más que a los muchos artistas verdaderos que aquí vivieron. Alguien tose, una pelota rebota en el suelo, alguien ríe, los niños juegan. Nada es casual, y todo sigue. Alguien llega y me interrumpe. Tengo que abrir los ojos y una chica me pregunta si le puedo dar mi número. «¿Para qué?», le digo. «Es que le gustaste a alguien». «¿A quién?». «A mi amigo». «No soy gay». «Bueno». Se va, comiendo sus papas, haciendo ese ruido que hace la gente despreocupada al comer, y yo vuelvo a mío. También, aquí suceden las cosas más raras. Otra vez Thalía, ¿por qué la gente no puede hacer zumba con los Rolling? Se oye caer una flor al suelo, tal vez una jacaranda. La ciudad empieza a amoradarse. Pronto será primavera, la estación de «cupo lleno» para las penas. Los pájaros se escuchan ahogarse entre ríos de azucenas, y un organillo, a lo lejos, que se va extinguiendo como caracola prehispánica. De pronto, el aroma de un perfume: el mismo que una exnovia de mi juventud solía ponerse siempre desde nuestra primera cita en donde fuimos a patinar en hielo (la primera vez que conocí el hielo, como Aureliano Buendía). Todo tiene un pasado. Todos somos el mismo pasado, y la misma historia. El mismo laberinto y la misma soledad. E inerte, la tarde se asfixia entre ruidos que hacen un carnaval de la rutina, la prisa, las palabras, y los cortos silencios. Sigo con los ojos cerrados; tal vez así seguiré. He aprendido a oír cosas que había olvidado ver.

Víctor Daniel López
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