Impotente, desafiante, como obra arquitectónica que se erige con el único objetivo de tocar el cielo para sólo así tal vez alcanzar la inmortalidad. Así es «The Brutalist», la última cinta del director Brady Corbet, con la que ha logrado su obra más compleja, pero también la más interesante, sincera, y completa. «The Brutalist» es una epopeya cinematográfica que resalta el sueño americano tras el exilio, a través de una exploración fascinante del arte brutalista, resultante de la escuela de la Bauhaus en donde ponían a la arquitectura al servicio de la funcionalidad, el movimiento y la utilidad. Adrien Brody nos regala su mejor actuación, y quizá una de las más notables en el cine de los últimos años, a través de su personaje Tóth, quien se enfrenta a los desafíos de la inmigración a la vez que se ve envuelto en un intento por reconstruir su identidad tras un pasado que viene cargado de un peso insoportable de dolor, de angustia, y de pérdida. La mirada de Adrien, de Tóth, nos lo dice todo. Aquel polaco que escapó del Holocausto para recomenzar su vida en la bulliciosa Nueva York de la posguerra. Su caminar débil, aunque a veces con arranques nerviosos; su grandilocuencia, sabiéndose quién es él y qué ha de marcar su destino. El ego frente a las decisiones que lo empujan a perder ciertas cosas, para ganar otras. El amor con la pareja que encarna otra grande (Felicity Jones), pero también la soledad, y la enfermedad. El pasado siempre sobre sus hombros, pero también en la inspiración para crear ese sueño enorme por el que trabaja y los diseños en su arquitectura, porque como todo en ella: nada es casual. La arquitectura en «The Brutalist» está cargada de simbolismo, es una obra arquitectónica dentro de su arquitectura. Un filme que logra unir estos dos artes. La fotografía de Lol Crawley es impecable, elemento importantísimo para acercarnos, como espectadores, a la estructura monumental que se va construyendo frente a nosotros. La banda sonora de Daniel Blumberg encaja perfecta, potente, desafiante, queriéndonos hacer levantarnos para ser parte de eso que tenemos enfrente, en la pantalla, pero también conmoviéndonos con ese dolor, y las sombras, que representa todo sacrificio. Son casi cuatro horas de líneas duras y sombras pronunciadas, de crueldad y perfección, de una profundidad psicológica y emocional en cada escena. Para los amantes del arte en todas sus formas, esta película es una cinta ineludible, un testimonio de cómo el cine puede erigirse como un monumento a la complejidad y a la belleza misma de la condición humana; a eso a lo que nos aferramos tanto, con tal de salvarnos.
Víctor Daniel López
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