Hay películas que cuentan historias, y luego están aquellas que despojan las capas del alma, que invitan a un viaje interno en donde lo conocido se vuelve extraño; y lo extraño, familiar. «Queer», dirigida por Luca Guadagnino, es precisamente eso: una travesía sensorial que flota entre la melancolía, el deseo y la búsqueda incesante de identidad.
Yo soy fiel aficionado de las películas de Guadagnino, y en esta ocasión, saber que su más reciente filme era la adaptación de una de las obras de William Burroughs, generé mucha expectativa.
Guadagnino es un maestro en la técnica del color, muy similar, a mi parecer, a la de Almodóvar. El color recrea emociones, transporta sensaciones en un cuadro en donde el ambiente, los personajes, los pensamientos y sentimientos, comulgan al unísono. Y así se percibe en «Queer», en donde los colores cálidos nos hacen embriagar de ambientes melancólicos, y en donde la soledad y la pérdida de identidad son la premisa de esta historia en la que William Lee, el personaje principal, emprende un viaje de autoconocimiento, persiguiendo la sombra de alguien a quien amar en hombres desconocidos, persiguiendo el calor, y la compañía, persiguiendo una cultura tan distinta a la suya, como la de México o la de Ecuador, y terminando con una incansable búsqueda del ayahuasca para intentar descifrar las preguntas que habitan en su interior.
El problema de este, el más reciente filme del director italiano, es que peca de hacer una imagen fiel de la obra narrativa de William Burroughs, en donde intenta dar vida a pasajes y líneas que el cine nunca será capaz de lograr, por lo que es necesario hacer una aproximación diferente para no perderse. La estética es el estilo poético de Guadadigno, y hay escenas memorables y bellas. Pero la narrativa se va perdiendo conforme avanza la historia y no termina de encajar el tema central ni los personajes. Eso sí, Daniel Craig, quien encarna el protagónico, hace una actuación estelar y digna de aplaudir, en especial esa escena, a mitad de la película, en donde se hace un close-up a su rostro, mientras borracho se droga y fuma y se pierde y refleja la inmensa soledad de la que no logra desprenderse y, como si fuera su karma, arrastrará durante toda su vida. Una de las mejores escenas, quizá, de toda su carrera actoral.
Después de obras como «Call me by your name» o «Suspiria», «Queer» no llega, en mi opinión, a esa altura. Sin embargo, es una película que merece la pena verse, aunque a México no se le logre retratar fielmente, y lo onírico se quede en un intento por encajar con la realidad, como en el libro. Al final, sigue siendo Guadagnino, y esta obra tiene elementos muy rescatables, tal vez más pertenecientes a lo que será una obra del cine de culto. Como el vino que revela su esencia en el retrogusto, «Queer» no pasará por desapercibida, sino al contrario, dejará un eco que persiste, debido a su premisa: el de la eterna búsqueda de ser visto, de ser amado, de ser, simplemente, libre en el laberinto del deseo.
Víctor Daniel López
< VDL >

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