Tengo tres escritoras favoritas en la vida: Woolf, Plath y Beauvoir. Además, no sé si es coincidencia, o una línea invisible que las une, pero sus estilos me resultan muy similares entre sí: esos monólogos interiores y pensamientos que rondan entre la filosofía existencial, cuestionándose actos y recuerdos, y todo cuanto observan en un mundo y tiempo que les ha tocado vivir, en donde la mujer estaba muy lejos de tener la misma posición social que el hombre. Las tres trabajaron una poética asombrosa, y sus líneas son dardos que llegan profundo a la piel del lector para hacer sangrar preguntas que cobran vida de nuestra propia voz. Conocemos sus manos y conocemos sus huesos a través de sus obras. Así Virginia, así Sylvia, y así Simone de Beauvoir, de quien esta última apenas leí «Las bellas imágenes», una novela corta con la que vuelve a retratar las contradicciones de la feminidad moderna y su nado a contracorriente en una sociedad desgastada por la lucha de igualdad de género, así como por aquella entre clases sociales. Laurence, la protagonista, es una mujer que se define como exitosa, lo tiene «todo»: belleza, familia, un marido que la ama y una posición que cualquiera envidiaría; lo tiene todo, y sin embargo, siente no tener nada. Ha dedicado muchos años de su vida a trabajar en una agencia publicitaria vendiendo falsas imágenes, vendiendo ideas falsas, vidas falsas. La mercadotecnia como modelo de felicidad artificial, ha llegado a pensar. Sus pensamientos rondan en una crítica de esa sociedad que se enriquece del consumo y se crean estereotipos a seguir, perdiendo así toda identidad y esencia. Beauvoir jamás decepciona, en cada libro juega con la filosofía y la poesía, mientras a la vez hace un ensayo en forma de novela. Vivimos dentro de la mente de Laurence, casi como si sus palabras salieran de nuestra propia boca. «Las imágenes bellas» nos hace pensar sobre la realidad y lo que no lo es. Sobre lo que significa la belleza, y qué gira en torno a ella. Las últimas páginas, sublimes en delicadeza, no transportan a un viaje a Grecia, retratando el Mediterráneo y aquellas ruinas de olvido y pasado que se alzan para contar algo, o tal vez no; más bien para quedar en silencio. El silencio interior. El silencio del mundo. Viajar al pasado tal vez no sirva de nada, pero tal vez allí haya algo. Al final, todo parece mentiras. ¿Y qué son entonces las bellas imágenes?
Víctor Daniel López
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