Añade un anuncio a tu sitio.

Catarsis en Cata
de Vino y Arte

Sorrentino y «Parthenope»: La belleza, Nápoles, la melancolía, ¡libertad!

Regresa Sorrentino y regresa Nápoles, musa inspiradora para el director italiano que consigue siempre tocar la perfección de la belleza con una estética que lo caracteriza por las imágenes sublimes que logra conseguir, como perseguidor continuo de los milagros a través de la lente de una cámara que pareciera mecerse al vaivén del Mediterráneo (siempre, con luna llena). «Parthenope» es una metáfora del amor que le profesa a su tierra italiana. Una metáfora a través de la belleza de esa mujer que dice haber nacido del agua. Parthenope, en la mitología, es el nombre de una sirena que dio nombre a Nápoles. Parthenope, en esta cinta, es una mujer que parece santa, que es capaz de volver loco a cualquiera. Con una belleza descomunal, casi como si vinera de otra galaxia para hablarnos de todos los colores que están ocultos, allá, a millones de años luz. Parthenope: un misterio. Una Diosa. Tan perfecta «que es capaz de tenerlo todo sin siquiera pedirlo». Así ella, que es interpretada por la bellísima Celeste Dalla Porta, primer protagónico femenino de Sorrentino y que pareciera ser casi como el yin de Jep Gambardella en «La Gran Belleza». La melancolía vuelve, porque la melancolía lo es todo para Sorrentino. Y es que del recuerdo es que se vive. El recuerdo duele, pero también del recuerdo sabemos que hemos estado vivos con las cosas más dulces y bellas, así fuera por instantes, así sea contadas veces. -Lo maravilloso de ser jóvenes, aunque dure poco.- Es entonces esa nostalgia, a través de suspiros arrojados al azul del Mediterráneo, que envuelve ese pedazo de tierra ruidosa y extraña, pero a veces silenciosa y quieta. Una tierra que no se puede comprenderla del todo. En Nápoles nació «Parthenope», y juntas son las dos grandes protagonistas, mientras recorremos la historia de esa mujer libre que entre tanta libertad se pierde. Su juventud eterna hasta que se le muere con ese instante en que se deja de ser invencible. El intento por descifrar los misterios de la piel y los labios y la mente y los huesos. Una lucha interna porque se ha conseguido todo menos la libertad buscada cuando se era joven. Las malas decisiones, y lo que uno deja por tomar caminos que conducen a un acantilado, de donde ya es difícil regresar si no se salta. Lo que se pierde, que, en ocasiones, llega a ser toda la vida. Y entonces, ¿qué se tiene, además de los recuerdos? Tal vez, el mar. El horizonte para recordarnos las cosas que no sabemos por qué seguimos cargando, pero también para entender que podemos dejar atrás. Tal vez, otro intento. Tal vez nunca sea demasiado tarde. Parthenope, el Mediterráneo, Nápoles, y esa música bellísima de Riccardo Cocciante, nos hablan de aquello que llevamos siempre muy dentro de nosotros: lo sagrado. Lo indestructible. Dice Sorrentino que «el único sentimiento que nos mantiene vivos hasta el final es la capacidad de asombrarnos». Y a veces, lo encontramos recordando, pero otras, con más suerte, lo hallamos en ese vacío esperanzador de lo que aún no ocurre, y nos espera. Parthenope, como al final de esa otra cinta de Sorrentino, le habla al mar y le habla a su recuerdo. Se reconcilia con su vida. Casi pareciera aquella mujer que obsesionó a Jep Gambardella y que significó para él su “gran belleza”. Parthenope también le habla a la suya propia, la de antes, y la que vendrá después. La luna se refleja en las aguas del Mediterráneo que forman olas quietas, que acarician la arena antes de estrellarse a las orillas y las rocas de Nápoles. Todos tenemos un hogar al que pertenecemos. Y a la vez, todos también estamos en constante búsqueda de otro hogar: al cual amar, y poder hacer nuestro. Otro lugar y otro tiempo en donde podamos encontrar otros destellos grandes de belleza que logren asombrar nuestras efímeras vidas pequeñas.

Víctor Daniel López
< VDL >

Deja un comentario