A lo alto de Montjuïc, de frente al mar Mediterráneo, con la ciudad de Barcelona a sus pies, se encuentra la Fundación Miró, que desde 1975 resplandece con su blanco, como estrella, guiando la dirección que habría de tomar el arte moderno a partir del periodo de entreguerras. Las convenciones se dejan a un lado, el arte academicista; la Revolución Industrial, con sus avances, y la tecnología, ha venido a cambiar el panorama de las sociedades. Emerge una lucha de poderes más grande y peligrosa de la que había antes, y también una pérdida de identidad. Después del Romanticismo, el arte toma diferentes caminos, y después, con la llegada de las guerras mundiales, los artistas hacen de sus lienzos una herramienta para descargar toda la furia, la protesta, el dolor y la impotencia que se tiene dentro. El arte, entonces, se convierte en una forma de gritar, mientras muchos tienen que estar en silencio, como lo fue durante la dictadura franquista. Entonces, no existía esta Fundación, y Miró vivía a escondidas, fue exiliado y vivió en París, en donde conoció a grandes artistas que terminaron siendo amigos suyos. Fue pintor, grabador, ceramista, escultor, y su obra trascendía mientras exploraba por diversas corrientes y movimientos: el fauvismo, el cubismo, el expresionismo. Sus etapas primeras tienen gran influencia postimpresionista y de exploración de la técnica y el color. Lo absorbe todo, y justo es en este lugar, en donde cada pared y rincón parecen estar en su sitio perfecto gracias al diseño y arquitectura de Josep Lluís Sert, en donde podemos ver la evolución de su arte y lo que llevó a convertirlo en un genio. La colección más grande del artista, su historia. Una mirada para acercarnos a lo que hubo dentro de su mente por cada década: en el amor y la familia, en su Cataluña querida, en la guerra y el exilio, en el regreso, la vida, y los amigos. Su mujer, Pilar, y su gran íntimo, Joan Prats, a quienes debemos gran parte de las piezas aquí expuestas. La obra de Miró también es una cosmovisión que circunda la posición del ser humano frente al universo y la naturaleza. Sus medias lunas y sus estrellas. Sus líneas interminables, pero con pausas. Sus puntos rojos, verdes y azules. Nada es por azar, todo forma parte de una poética que intenta hablarnos desde lo visual, para hacernos conectar con la mirada interna del autor y su sensibilidad hacia lo sublime y lo espiritual; un silencio que se alza para allí encontrar los nombres que no existen y que hablan de las cosas más profundas, en soledad, en la luz que cobra vida en medio de una época convulsa, para tratar de decir que también puede haber esperanza. Uno recorre sus pasillos para comulgar, por un momento, con todo aquello que nos hace seres distintos de otros seres de la naturaleza, para pensar sobre lo que sentimos, y para explorar la belleza de todo cuanto nos rodea. El blanco es más blanco. Y en la terraza de la fundación, como en lo alto, se vislumbra el azul del océano, y un paisaje de la ciudad, junto con las mujeres y pájaros y lunas, que traen voces de otra realidad, en donde todo es posible, y en donde podemos volver a ser niños para mirar con asombro las cosas como si fueran la primera vez. «La esperanza del condenado a muerte» se encuentra aquí, y se advierte, uno habrá de contemplar en silencio. Sólo líneas, y unos puntos. Y unas pausas. No hay más. Quizá cualquiera lo habría hecho. Pero Miró lo hizo, después de albergar la idea durante años. Y justo cuando hubo terminado el tríptico, ese día, en ese instante se ejecutaba el último condenado a pena de muerte, por garrote vil, en España, al término del franquismo. Después, todo fue diferente. Y aunque en el mundo tristemente vuelvan a repetirse algunos errores, el arte siempre quedará para hablarnos y hacernos recordar. El arte siempre quedará para salvarnos, como testimonio de todo lo que han visto sus ojos; como fotografía, una mirada de la historia del hombre y sus sociedades. Así Miró, y así este lugar. Pero también, la Fundación Miró termina siendo un espacio sagrado para conectar con lo interno, lo que no se ve, con quien realmente somos, lo espiritual y lo cósmico. Y mientras sigamos encontrando sus lunares y sus medias lunas, sus pájaros y sus gatos, y nos dejemos guiar hacia sus universos íntimos, pero que todos compartimos, lograremos estar un poco más cerca de nuestra verdadera voz. Y mirar, entonces, lo que somos. Mirar, y contemplar. Sólo contemplar.
Víctor Daniel López
< VDL >


«Es la tierra, la tierra: es más fuerte que yo. Las montañas fantásticas tienen un papel muy importante en mi vida, y el cielo también. (…) es el choque de estas formas en mi espíritu, más que la visión en sí. En Mont-roig es la fuerza quien me nutre, la fuerza.»

«Mont-roig es la tierra originaria adonde siempre regresa, donde vive en comunión con la naturaleza, donde toma conciencia de la idea de primitivismo, presente en las raíces culturales de su país, en el arte gótico y en el arte popular. Es allí donde reorienta su pintura propiciando un encuentro entre tradición y modernidad. Es también en Mont-roig donde, décadas más tarde, se iniciará en la cerámica y en la escultura.»






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