En La Bohème de Puccini, uno no le llora a la muerte de Mimí. Uno le llora a su propia muerte. Se le llora a un pasado que sucedió, y ya no vuelve. Se le llora a la juventud que se le creía eterna; y, sin embargo, pasó fugaz. Al invierno que sucede a la primavera, y al frío de las manos: que cambian con el tiempo. Uno les llora a sus amigos que se fueron, a las mujeres que se amaron. A las personas que perdimos, y que, con su pérdida, nos perdimos, mientras dentro brotaba un crecimiento. Lo que tiene que suceder para darse cuenta que uno no será joven por siempre; lo que sucede y te rompe, ese frágil instante, a veces minutos, que te cambia la vida, de nombre, y entonces lo comprendes, maduras. Se le llora, con Rodolfo y sus amigos, a esos tiempos jóvenes por donde solía desfilar el carnaval, y uno, en la noche, era noche con los demás. No se le llora a Mimí, que ha muerto, se les lloran a los adioses. A la persona que fuimos. A la nostalgia. Se le llora a esa música que no volverá a sonar más; sólo en el recuerdo. Uno le llora a su propia juventud perdida. A la bohemia. Los años felices.
– A los 100 años de la muerte de Puccini.
La Bohème
Víctor Daniel López
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