Gran novela histórica de la vida de Santa Anna por uno de mis escritores favoritos: Enrique Serna. A través de una prosa bien elaborada y adaptada al tiempo, así como con un estilo epistolar a través de cartas de conocidos, amigos y dirigentes, nos acercamos al que ha sido uno de los más notables personajes de la historia política de México. A través de varias décadas y de 11 periodos cortos de mandato como presidente de México, analizamos una historia de suma importancia para el país, desde el desencadenamiento de la Independencia de México hasta el momento en que llega Benito Juárez y se vengan del general que tantas trabas le puso. La guerra contra Estados Unidos, y después el Segundo Imperio con Maximiliano. La guerra contra los franceses, los pasteles, y la pérdida del territorio norte de nuestro país, que muchas veces se le responsabiliza como único culpable a Santa Anna, cuando no fue así. El exilio, Cuba, regresar a México para negociar la guerra. Un hombre que perdió, tanto, que hasta anduvo siempre en búsqueda de su propio pie amputado. Un hombre del que se decía tener trastornos mentales. Amante también de muchas mujeres. Un hombre que supo liderar guerras, y muchas las perdió, pero también varias venció. La historia muchas veces nos lo presenta como el peor antagonista de México, pero adentrándose un poco uno logra percibir que no es tan así. Quizá la pérdida más grande de México no fue únicamente culpa de él, tal vez sólo fue un reflejo de una sociedad deteriorada y dividida como nunca, en ese primer siglo posterior a la Independencia, tan llena de guerras, de cambios de bando y de traiciones. Una época en donde no se sabía si uno era de aquí o de allá, o quiénes éramos; ¿qué era México en realidad? Tal vez sólo un laberinto.
Víctor Daniel López
< VDL >
“¿Vender yo la mitad de México? ¡Por Dios! Cuándo aprenderán los mexicanitos que si este barco se hundió no sólo fue por los errores del timonel sino por la torpeza y la desidia de los remeros?”
(…)
“¿Acaso goberné un país de niños? Nadie, ni el más feroz de mis enemigos puede negar que la mayoría de las veces acepté la presidencia obligado por la presión popular, después de infinitos ruegos. México es un país de extremos. En plena gloria, cuando entraba en la capital llevado en andas por la muchedumbre que arrojaba flores a mi paso y me apellidaba sublime deidad humana, sentía que su entusiasmo era exagerado y podía desembocar en una decepción de igual magnitud.”


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