Lo que hoy se ha vivido en el teatro Julio Castillo ha sido espectacular. El estreno de «Cada quien a su manera» de Pirandello, bajo la dirección de David Olguín, no tuvo nombre. Una de las obras del escritor italiano, Premio Nobel de 1934, que dedica al teatro mismo. El teatro del absurdo, la gran comedia humana, la farsa del espectáculo. La realidad no existe, se cuestionan los personajes, y las opiniones pueden cambiar. Todo en esta historia gira en torno siempre a lo mismo, y no se avanza, sino se da vueltas como laberinto. Todos somos actores, y la comedia nos representa, ¿pero nosotros a quién representamos? Tal vez seamos sólo personajes, y el teatro, que es la vida, tan sólo un escenario en donde podamos cambiar de disfraces y de máscaras, poner luces y sombras, y cambiar de guion cuantas veces queramos. Pirandello, además de escritor y dramaturgo, fue filósofo. Y como Unamuno, dentro de su teatro él también se encontraba a sí (porque todos somos parte de lo mismo). Así que nosotros, como espectadores, somos parte de su farsa, entre otros falsos espectadores. Y los actores pueden ser nosotros, son los demás. Porque qué es el teatro sino otra cosa que la representación del mundo y la sociedad. Así Pirandello lo exhibe siempre. El teatro dentro del teatro, y afuera, también todo es teatro. En esta nueva producción, con una bien lograda adaptación, nos vemos inmersos en ese mundo desde la entrada al recinto, en donde presenciamos una pelea, no sabiendo si es realidad o mentira al principio, de una pareja que discute y reclama a la producción. Es la línea por la que seguirá la obra, y en los pasillos, en las butacas, a un lado de nosotros, y en nosotros: sólo el teatro. Una producción fenomenal que hasta el equipo técnico llega a ser parte de la locura en la que se termina convirtiendo. El público arriba del escenario, actores por todos lados, la gente gritando, y de pronto, ya no sabemos qué sí es real y qué no, todo se vuelve una comedia en donde todos somos partícipes. Y la locura es llevada al límite en donde ya es el teatro dentro del teatro dentro del teatro dentro del teatro. Como una matrushka. Quizá sólo para darnos cuenta de que el mundo es un escenario en donde toda obra es una representación de otra, y en donde podemos cambiar de nombres, pero también de pensamientos, de emociones, de ideas y hasta de guion. La realidad es un líquido insípido. Cambia de forma. Cambia de color. Y no tiene rostro. El cuerpo actoral lo representa el mejor talento de la compañía, con dos actores de número: Julieta Egurrola y Óscar Narváez. Tan sólo esos nombres hablan por sí solos. Toda la producción es perfecta, y estar ahí, en un auditorio con otros, en tiempo real, viviendo eso, nos hace sentir. Nos hace recordar que ese momento único, fugaz, e irrepetible… es lo que da tanta magia al teatro. Esta obra es un homenaje a este arte. Nos hace entender que todo lo que vemos en un escenario no es otra cosa que la representación de nosotros mismos. Es un espejo. Nos acercamos un poco más a nuestro ser. Y es que tal vez el teatro nos conoce más de lo que nos conocemos a nosotros mismos. Al final, nos quedamos sin el tercer acto… pero, ¿es necesario saber en qué finaliza? «¿Qué pasa en el tercer actor?», gritan los espectadores ficticios, y gritamos también nosotros, los espectadores reales. Bueno… pues pasan muchas cosas… señores y señoras. Pasan muchas cosas, y después del tercer acto, aún muchas más. Muchas cosas, como en la vida. Muchas, muchísimas cosas.
Un reconocimiento a la Compañía Nacional de Teatro y a la Secretaría de Cultura que han estado haciendo cosas extraordinarias como nunca. La apuesta y el trabajo que están logrando era algo necesario. Y qué gusto ver teatros llenos, cosa que ya no se veía.
Víctor Daniel López
< VDL >


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