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«Babylon»: Un viaje cinematográfico que estalla de emoción

Verdadero espectáculo que hace un homenaje al cine con una pirotecnia que estalla en todos los sentidos. Como montaña rusa, como tormenta, es una explosión de colores, fotografía, dirección de cámaras, banda sonora y actuaciones, todo gracias a un guion que logra reunir cada elemento de una manera sabia, emotiva, que nos hace sacudir cada vibra y conmovernos por ese amor al séptimo arte que muchos tenemos. A través de los protagonistas podemos colarnos a ese Hollywood de los años veinte para vivir la magia de la filmación y su evolución a lo largo de los años, pasando del blanco y negro al color, del silencio al sonido. El exceso en las fiestas nos recuerda a las desbordantes del Gran Gatsby. El jazz acompaña a una cámara que se mueve, pareciendo estar bailando con una Margot Robbie impresionante (tal vez la mejor interpretación de su carrera). Las trompetas hablan, gritan, una improvisación que sólo el jazz es capaz de hacer, llevando la música al límite, al cenit del orgasmo. Resulta hecha para escucharla a todo volumen, ponerse audífonos, prender el equipo a todo lo que da para sentir esas notas que son producto de la composición de Justin Hurwitz, y por la que recibió tantas nominaciones y premios de muchas academias. Así, entonces, vivimos casi tres décadas de evolución del cine gracias a las historias de Manny y Nellie al haberse infiltrado en la industria cinematográfica y haber logrado un rápido ascenso en ella gracias al talento, ambición y pasión de cada uno por el cine: ella, una actriz que alcanzará una fama mortal; él desde la producción, haciendo hasta lo imposible por rescatar la perfección en la pantalla. Diego calva hace una actuación magistral, y es que actúa tan sólo con esa mirada y esa sonrisa que lo dicen todo: su amor al cine, su amor por Nellie, ambos serán su destrucción (por eso a la perfección no se le debe de perseguir). Su nostalgia y melancolía, todo en un reflejo en sus pupilas y en unas líneas que apenas se divisan en las comisuras de su boca. Margot Robbie alcanza unas escenas que hasta parece estar poseída (ella es la reina, la diva, no hay nadie más: es una estrella). Y vemos, también, a un Brad Pitt, que tal vez se representa a sí mismo y a los últimos grandes actores de su generación. Babylon es arrolladora, potente, es una bomba vertiginosa en la que cada escena estalla, sino de una forma, también en su sentido inverso. Chazelle filma la que termina resultando su carta de amor al cine, como hemos visto en las últimas décadas a muchos cineastas hacerlo, y resultando en la mayoría de las veces, el producto más honesto, puro y bello, preciso por el amor que le meten. El final, majestuoso, nos recuerda a un «Cinema Paradiso», y a través de esos ojos llorosos de Diego Calva, contagian a los nuestros, mientras vemos pasar por la pantalla escenas inmortales de la historia del cine, sólo para así entender el amor profuso del personaje, y de todos los que hacen filmes a diario, por ese arte que es capaz de crear historias y darnos el poder a los espectadores de sentirlas con todo el cuerpo, la mente y el corazón. Manny sólo quiso ser parte de algo más grande, y en el poco tiempo que estuvo en Hollywood, tal vez lo consiguió. Contribuyó en cierto modo, como lo hacen todos los que se dedican a esta industria que es capaz de crear magia. Sólo magia, y nada más.

Víctor Daniel López
< VDL >

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