De la lluvia bajan las palabras que se extienden por los horizontes y atardeceres para empapar de poesía todo aquello de lo que el mundo necesita curarse. De la poesía vienen las piedras y los ríos. El mañana. Nada es capaz de remediarse si no es con óleo o con mármol o con tinta. Galatea se levanta de los restos de todos los otoños que nos han dado los años. Y es la musa que sana la herida, cubre la piel de nubes o de pétalos o de espuma de mar. Ninguna Galatea viene del barro; sólo los hombres. Por eso, mientras llueve, amamos y nos desangramos. Y entonces, para volver a armarnos, llega a nosotros, como susurro del viento, la poesía bajo el sol. Y volvemos a tener el vino y las palabras. Y entonces, damos nombre a todas las cosas huérfanas que quedaron abandonadas. Nos ponemos un nombre, y nos lanzamos al abismo, al mar, al atardecer, a la poesía, a las emociones, a todo lo que queda atrás, en el crepúsculo de la vida que algún día nos arrebatará la noche. Mientras tanto, que siga lloviendo. Seamos lluvia. Y hagamos llover.
Víctor Daniel López
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