Los meses pasados regresó a la capital uno de los clásicos del teatro mexicano, con una adaptación extraordinaria de lo que fue la primera obra de comedia escrita por sor Juana Inés de la Cruz. Con un escenario cósmico que puede hacer referencia a su gran obra maestra «Primero sueño», el público logró verse inmerso, además de la trama de «Los empeños de una casa», en el conflicto mental por el que pasó su autora durante su concepción, para cumplir con las expectativas que requerían de ella, al ser esa una obra de encargo para la realeza de la Nueva España. Sor Juana hace sus apariciones a través de un monólogo interno por el que repasamos muy brevemente su vida y obra, y recalcando aquellas líneas inmortales de su obra poética que pasaron a la historia. Al tiempo, la trama de la comedia sucede, un laberinto de situaciones amorosas, de engaños y mentiras, personajes que fingen ser otros, máscaras y disfraces, las verdades que salen reveladas, el caos y la confusión, sólo así para entender los enredos del amor. La dirección artística hizo una mezcla del barroco de finales del siglo XVII con la música de bolero latinoamericano del siglo pasado, y la participación actoral contó con el elenco estable de la Compañía Nacional de Teatro, con música en vivo, y una excelente labora escenográfica y de iluminación. La adaptación de Aurora Cano, respetando el lenguaje en verso, pero innovando con esta inclusión de canciones modernas, la hizo todavía mucho más parecida a la ópera «Las bodas de fígaro» de Mozart, haciéndonos disfrutar como espectadores, reírnos, e incluso cantar en una especia de karaoke, a la vez que nos representan, como espejo, nuestros propios rostros e imágenes (¿acaso no trata de eso el teatro?). Ambas obras, la de sor Juana y la de Mozart, lo que hacen es reflejar los engaños del ser humano, representados muy directamente a los ojos de quienes estamos presentes. El engaño en el amor, la traición y los celos. Son cosas que nos atañen, y aunque reímos, por dentro sabemos que estamos allí, en ellos, en esa historia enmarañada de nombres y causas, con su solución y en donde todos terminan felices. Lo cual no es así, porque la obra y los personajes terminan, pero nosotros seguimos, engañándonos a nosotros mismos, y engañando a los demás. Es cierto que el amor es laberinto. El amor es un enredo, y los sentimientos, son empeños que dejamos a una casa abandonada por la que recorren fantasmas que han dejado sus cuerpos en verdades reprimidas, alejadas, a veces olvidadas. Por eso, al amor hay que entenderlo. Ser sinceros. Dejarlo entrar en nuestra casa, sin disfraces, y entonces sí cantar todo lo que dure la voz.
Víctor Daniel López
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