A 100 años de la muerte de Puccini, sus mujeres heroínas nos siguen seduciendo. Seduciendo su música para meterse hasta los huesos. Su bohemia y sus acertijos chinos, su harakiri, el canto a la juventud o a la libertad; el amor, la amistad, los celos y la traición. Puccini nos sigue hablando. Nos hace llorar siempre, una y otra vez (hasta que la ópera se desangre). En 1924 Puccini murió a causa de un cáncer de garganta, dejando inconclusa su última ópera: la ópera por la que llegué a la ópera. Una de las más queridas, de las más representadas en el mundo. Y nada mejor es que la compañía de ópera de Bellas Artes se ha sumado a los homenajes al compositor italiano, el más grande en cuanto a emociones. No pudiendo ser otra obra que esa última: Turandot. Pero algo la hizo aún más especial: Por primera vez se presentó en Bellas Artes la versión original, la inacabada, la inconclusa, la abruptamente finalizada con la muerte de Liú, la heroína de esta ópera, porque no es Turandot (a menos que a voz se refiera; ahí sí es heroína potente). Pero en cuanto a narrativa y realidad, se trata de Liú, por la historia desenterrada hasta apenas hace unos años: el remordimiento de Puccini y su acto de perdón a Doria, la mujer que se suicidó por encubrir el acto de infidelidad entre el compositor y la prima de ella, el silencio por no decir su nombre, el nombre de Calaf, el nombre de Puccini (por eso es que nadie duerme en Pekín esta noche), y sólo Liú, sólo Doria, son las que saben su nombre. Quince años torturado Puccini por una acusación falsa que llevo al suicidio de su sirvienta, y de la que nunca dijo nada. Quince años fueron su motivo para redactar esta hermosa carta de perdón. Dorian en Liú. Liú en Dorian. Liú quien se sacrifica por salvar la vida de Calaf, no revelando su nombre a Turandot, la princesa de hielo que huye del amor. Hasta esa escena es que llegó Puccini, no pudo seguir componiendo más allá después de la escena de la muerte de Liú. Tuvo un bloqueo, quedo estancado, devastado; luego enfermó de ese cáncer que lo llevó a la muerte. Y así Turandot quedó inconclusa, terminándola Franco Alfano. Durante el entreno en la Scala de Milán en el año de 1926, el director orquestador, Arturo Toscanini, amigo de Puccini, detuvo la ópera justo después de la escena de la muerte de Liú. «Hasta aquí llega la partitura original, el maestro Puccini no pudo terminar la ópera, porque falleció.» Se guardó un minuto de silencio, y esa noche se decidió no continuar más. A la siguiente incluyeron el final que todos conocemos (una verdadera explosión de éxtasis y de amor). En este centenario de la muerte de Puccini, la Ópera de Bellas Artes, en un hecho histórico, representó por primera vez la versión original, inacabada, finalizando cuando muere Liú. La escena más dolorosa. No hay explosión. Sólo el canto que se va apagando, los instrumentos que disminuyen su vibración. La música lamentándose, y una sensación de duelo que perdura. El telón cayó, la sala oscureció, el director detuvo la batuta. Se escuchó el silencio, y siguió la oscuridad. Cien años después, Puccini continúa estando presente, incluso cuando vuelve la luz. Las últimas notas que acompañan las líneas que se cantan en esa escena del suicidio para ocultar el nombre de Calaf son:
Liú, bondad;
Liú, perdón;
Liú, dulzura;
Liú, poesía.
Puccini se fue de este mundo con el acto más noble que cualquier ser humano pueda hacer: pidiendo perdón.
Víctor Daniel López
< VDL >


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