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«Vivir para siempre (por un momento)», Damien Hirst

Vivir para siempre (por un momento) es la exposición tan esperada de Damien Hirst que ha llegado a México a través del Museo Jumex, por su décimo aniversario. Su nombre lo dice todo: hacernos reflexionar sobre la muerte mientras estamos vivos, que no dura nada y al final se siente como un instante. Todos estamos hechos de la misma materia y sustancia; a todos nos depara el mismo final. Este es un artista controversial y una exposición que ha dado la vuelta al mundo atrayendo a todas clases de público para encontrar en ella lo que cada quien quiere ver: ya sea afrontar o evitar, pero observando más allá.

Hirst, en uno de los temas en que se divide la curaduría, hace una dura crítica a la medicina y a la industria farmacéutica. Los medicamentos como productos capitalistas, «curas» que te prometen olvidar el dolor y la enfermedad. ¿Cuál es la historia del dolor? Tal vez saber que estamos siempre expuestos ante cuchillas afiladas esperando vernos caer sobre ellas: la espera, la angustia, el miedo. Para Hirst, ni la medicina, ni los fármacos nos pueden salvar; sólo el arte lo hará.

Dentro del tema que dedica a “Historia Natural”, nos enfrentamos frente a un ataque de un tiburón tigre real, sin ningún riesgo, pues se encuentra suspendido en un estanque transparente con solución de aldehído fórmico; sin embargo, no importa, aun así moriremos algún día (“la imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo”). La atracción por el horror y la búsqueda de la seguridad y protección son algunos aspectos que nos caracterizan como humanos. Recorremos también un tiburón y una vaca, con su ternera, cortados en plano sagital con el fin de hacernos entender lo que es la muerte, avanzando un paso más, entre órganos, vísceras y huesos, hacia la propia. Cráneos presentes en varias vitrinas recordándonos el «momento mori» de las pinturas del barroco; sólo otro estilo, otra época, pero el mismo destino. Un autorretrato moderno hecho de un collage de radiografías, y ovejas que han quedado congeladas en el tiempo, mientras nosotros portamos su lana, pero pronto, algún día, se irá, y nos iremos también junto con ella. Quedaremos congelados, hechos huesos, lejos del rebaño, reducidos a un escombro de puntos distantes que algún día tuvieron color y tuvieron espacio.

La religión también está presente, y, como la medicina, es sólo una forma de esperanza más, hacernos creer que todo puede ir mejor, o, que, como mariposas, resucitaremos en un reino en donde no haya dolor. Hirst juega con los simbolismos, juega con las ciencias y la teología, afirma a través de su arte que ninguna de ellas, ninguna filosofía, ninguna creencia, nos salvará. Excepto el instante en que estamos vivos. Y es por ello mismo que la muerte es lo más valioso que tenemos, como lo refleja «for the love of god«, aquel cráneo humano con diamantes incrustados, siendo así una de las obras de arte más caras jamás producidas.

Esta exposición es un duro viaje, del que se necesita valor para poder hacerlo. Nos vuelve a hacer conscientes de que todos somos efímeros, que nada nos salvará, salvo nosotros mismos si hacemos que este instante se vuelva eterno. Porque «nacemos, miramos a nuestro alrededor, y morimos«. Todo pasa tan de prisa, como la primavera y sus cerezos. Todo resplandece y deja su color. Todos moriremos algún día, eso es un hecho, pero sólo la belleza será capaz de permitirnos superar la muerte.

* Los animales expuestos en esta exposición no sufrieron de maltrato. Hirst utilizó animales que ya habían muerto cuando éste se acercó a ellos.

Víctor Daniel López
< VDL >

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