Había andado todos los caminos, visto todas las imágenes. Y vivió pensando siempre de qué color sería su cabello, si como los ojos de arena infinita ante el mar en medio de una tormenta o si de la noche que arremetía contra el cielo dejando ver millones de estrellas. Había conocido todos los colores del mundo, salvo ese. Lo había visto todo, excepto su cabello descubierto ante él, bajo los destellos de luz que lo hacían resplandecer aún más. Todos los colores de todas las cosas menos el color de su cabello. Era como un secreto oculto bajo una gran pirámide, a la luz de las sombras y del pasado. Pero sabía que cuando al fin ella lograra revelárselo, sería su propio momento final disfrazado de una felicidad inmensa capaz de convertirse en un blanco trazado por todas las tonalidades de todos los colores del mundo. Sucumbiría ante él. Y entonces, podría morir al fin, sumergido en ese éxtasis que los hombres, pocas veces en la historia, encuentran escondido entre todos los misterios de la vida.
Víctor Daniel López
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