Yo soñaba todas las noches contigo. Desde aquel día de lluvia en donde ocurrió lo ocurrido. Soñaba contigo hasta despertar de madrugada por el calor, la sed, o la lluvia que seguía cayendo si fuera una especia de eco en la distancia y el tiempo. Cada vez volteaba a ver al otro lado de la cama, esperando verte allí, dormida y riendo entre sueños. Estaba vacía. Y seguía lloviendo hasta que el golpear delicado de las gotas contra el tejado me arrullaba hasta hacerme volver a quedar dormido, soñando con otra cosa, ajena al recuerdo. A veces el futuro, a veces con personas y lugares que no conocía. Pero siempre volvías tú, la próxima noche, en el primer sueño de la madrugada cuando volvía a caer la lluvia como truenos bajo el océano.
A inicios de este otoño ocurrió lo inexplicable. Volví a tener el sueño contigo, pero al despertar y voltear a mirar tras mi espalda, esa vez te vi. Allí, tendida. Desnuda allí. Te escuché respirar y reír en sueños. Sentí tu piel y me diste calor. Entonces me volteé a ti, me aferré a ti, te abracé con mis brazos, mis piernas, te besé el cuello y lloré diciéndote que te había extrañado. Te había perdido, pero ahí estabas de nuevo. Estábamos juntos y otra vez éramos. Después no sé qué pasó. Ahora no lo sé. Todo fue tan confuso, ahora que lo pienso. Porque, vaya, tú habías muerto, y no sé si en verdad habías regresado, o más bien yo…
Víctor Daniel López
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