Cada minuto de cada escena está repleto de una estética hipnotizante. Encuadres lentos, o que se detienen. Acercamiento minucioso al movimiento para congelarlo en un plano a la vez que se juega con la luz y el color. La cámara que se acerca demasiado para logra intimar con los personajes. Encuadres medios, estilo que caracteriza siempre los filmes de Wong Kar-wai. Las figuras expuestas en medio de paredes, en medio de puertas, frente a las ventanas o cristales. El humo de los muchos cigarros que reflejan la melancolía de seres expuestos a una desnudez capaz de ser palpable y traspasada por fibras emocionales que llegan desde lo más interior. El humo de los cigarros que se detiene en las cámaras. El mismo estilo de color de «Days of being wild» y de «In the mood for love». La secuela final de una historia de amores rotos y perdidos, los que no se logran, el pasado detenido y el futuro que no va a ninguna parte. En esta tercera parte de la saga, la realidad se mezcla con la ficción. La soledad y los romances de un escritor con la novela que escribe sobre un tren que viaja al futuro para traer de regreso los recuerdos más poderosos. La habitación de un hotel, las mujeres de paso, las que insisten en quedarse, las que él aleja y las que por sí solas ellas se van. La estética es de lo más poderoso en el cine, de la mano a una banda sonora que muestra una composición original envolvente y hermosas arias de ópera que dan fuerza, como leitmotiv, a la caracterización de cada personaje, de cada historia dentro de la historia. «2046» es una obra maestra del cine oriental. Su luz, dentro de sus melancólicas sombras, se abre para subirnos a un tren que corre de prisa, para retroceder en el tiempo y llegar al mismo punto en donde empezamos. Tal vez un poco diferente, y tal vez, un poco distintos.
Víctor Daniel López
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