Llevaban viviendo poco más de setenta años en aquella comunidad subterránea en alguna parte de la tierra en donde apenas y llegaba, a través del viento, el rumor sobre la existencia de ciudades levantadas al exterior. No llegaba tampoco la luz, y no era necesario, puesto que aquellas criaturas carecían de la vista y tan sólo se dejaban llevar por el sentido del tacto (derecha que allí hay rocas, izquierda no que no hay paso: siempre derecha). Así se habían venido transportando siempre a través de túneles por cientos de kilómetros durante todos esos años, pareciendo maestros de una ingeniería civil y urbana creyendo serían capaces de asombrar a cualquier arquitecto del mundo que había sobre ellos, pero siendo crédulos, pues no sabían que en el origen de los sonidos provenientes en eco se encontraban levantados edificios que casi tocaban el cielo, zonas residenciales y ciudades-todo-incluido. Y es que allá abajo la planeación era tan reducida que los suburbios terrestres no permitían más de cierta cantidad de topos, dependiendo de los metros cuadrados que conformaran las madrigueras. Los túneles enlazaban unas con otras, aunque, a pesar de esa conectividad existente, lo que menos circulaba allí era la comunicación, pues por lo general se encontraban de tres a cinco madrigueras a cada mil metros, y cada mamífero existía nada más para complacerse a sí mismo, viviendo para cubrir sus necesidades básicas de subsistencia: alimentarse, orinar, cagar, dormir, masturbarse más en lugar de coger, y ni siquiera cazar, porque las presas, como las lombrices, quedaban por sí solas atrapadas en sus trampas que sólo levantaban una pequeña parte de la población y sin el menor esfuerzo (como si de contar números se tratara sólo). Entonces claro que sufrían hambre, porque, al ser devoradores también de pequeños roedores, a aquella específica comunidad de topos se les identificaba más que cualquier otra cosa por ser perezosos, conformándose solamente con los pequeños insectos y lombrices que llegaban a sus hocicos (caminaban un poco, extendían sus garras, y se llevaban lo que encontraran a su pequeña boca que apenas y abrían, sin ningún esfuerzo y sin agotase). Mientras tantos, los otros mamíferos de la zona, los zorros del norte (y no más inteligentes que ellos, sino que más astutos, que es diferente), además de cazar los roedores que ellos dejaban libres, aprovechaban para robarles sus provisiones de insectos sin que se dieran cuenta. Y también había otra cosa: que aquella comunidad especial de topos se diferenciaba de las otras del planeta por sólo una cuestión: que nunca en los setenta y un años habían logrado emerger al exterior, pues únicamente se les había permitido a un grupo reducido y exclusivo poder hacerlo, mismos que realizaban excursiones al manantial más cercano, de agua fresca y cristalina, rodeado de vastas praderas con árboles de pinos y cipreses, para encargarse de, aseguraban, una responsabilidad a la que se habían comprometido, la de traer agua, hierba y hojas secas a la madriguera central, para que así todos los topos de la comunidad pudieran abastecerse y seguir construyendo nidos en sus madrigueras, dada la reproducción que iba incrementando más y más (proporcionaban lo mínimo para que pensaran lo mínimo con la ley del mínimo esfuerzo). “Somos la clase media”, decían, pero la realidad es que eran simple y dolosamente “la clase bajo tierra”, en donde la oscuridad no era negra sino individual, y convirtiéndose ya ciegos también del olfato y del tacto aceptaban todo lo que les ponían al alcance. Las madrigueras, alejadas unas de la otra, lejos estaban para que no se formaran grupos y existiera lo que allí el silencio intentaba acallar: la palabra. Así, durante todo este tiempo: la misma rutina y la misma pereza, y los topos conformes con habitar bajo tierra muriendo de hambre, apenas y sobreviviendo; sólo los dueños de los ejidos de miles de kilómetros de terrenos que de a poco iban perdiendo humedad eran quienes comían de más y se alimentaban de la carne fresca de los topos que iban pereciendo o que llegaban a eliminar por razones que según de seguridad. Así todo fue hasta la revuelta de un año de hace no mucho tiempo en que se logró desplazar a tal grupo de propietarios de esa vasta tierra a la que le habían venido arrebatando todos los minerales, quedando sólo barro, y es que, aunque de barro la vida esté hecha, se necesita aún de todas sus sales. Entonces, la lucha, que durante un par de años se prolongó, terminó expulsando a los topos de aquella parcela desmedida, obligándolos a retirarse a las playas lejanas en donde se asfixiarían ahora de humedad. El topo cabecilla de aquel grupo tomó la autoridad, y a las pocas semanas comenzó una reforma en la distribución de actividades y responsabilidades de todas las comunas y sus miembros para fortalecer el abastecimiento de recursos y alimentos, así como recuperar los minerales que fortalecían las madrigueras y nutrían su salud. Todos los miembros empezaron cooperando al principio, aunque con algo de fastidio por haberlos sacado de su zona de tranquilidad. El topo cabecillo empezó toda una transformación en las vialidades de los túneles, tratando de unir las madrigueras claves para fortalecer la comunicación, implementando nuevas funciones para ya no alimentarse solamente a base de insectos, sino ser la especie verdadera que deberían ser: ir por los roedores, quitárselos a las bestias de arriba y reclamar el sustento suyo. Su principal pretensión era enseñar a todos a cazar, recuperarles el sentido del tacto, el olfato, y, si era capaz, la vista también, aunque sea solamente para dejarlos guiar por la poca claridad que pudiera reflejarse en la pared de sus párpados. Rediseñar el plano interior del subsuelo y organizar de nuevo los tiempos, funciones y horarios. Al principio, todos colaborando, pero más tardó en caer la primera lluvia que en ir tomando marcha atrás uno por uno, que por la sequía, después por las grietas y encharcamientos que daban más trabajo y más. No estaban acostumbrados a tanto ruido allá dentro ni a intercambiar miradas con los vecinos. Empezaron a frenarse y a frenar a otros, hasta que la poca iniciativa que tenían al principio se tornó en molestia y se fueron atacando unos a otros por invadir madrigueras ajenas para la construcción de nuevos túneles y un acueducto que traería el agua de la laguna tratando de acercarla a todos y de mantener fresca la tierra y los alimentos, frescas las ideas nuevas que querían causar una transformación en la vida agonizante que todos llevaban, pero que habían terminado aceptando para no tener que ceder al trabajo ni a estirarle la pata al prójimo (los topos son de los animales más solitarios de toda la fauna, y la soledad es peor cuando se es consciente de ella; todos lo saben, y nadie hace nada). Tan sólo convertir aquel laberinto de túneles en un puente intercomunicante era lo que quería el topo viejo que parecía cada vez más cansado ante la renuencia y quejas de todos; pero no desistía, lo construiría él solo si tuviera que ser el caso. Pero entonces fueron los grupos de topos rebeldes que comenzaron a esparcir el fuego de la ceguera para tenderle una trampa y así quitárselo de encima. La poca energía comienzan a gastarla en un plan para irse contra aquel que de pronto les dice lo que deben hacer y les arrebata la quietud, el silencio que había reinado durante tantos años, o eso creen. Ahora mover piedras, quitar maleza, tener que entrar en la madriguera del otro. Resulta un absurdo para todos ellos, les comienza a dar náusea, y poco a poco comienzan a retirarse. Los más disconformes trazan la estrategia para que el topo mayor caiga en una falsa trampa creyéndole es suya. Y la ponen en marcha, ejecutan el maquiavélico proyecto una mañana en que aquel salía de los túneles para ir adecuando la presa, velando también en otros proyectos, como la seguridad hacia los depredadores que de pronto intentaban colarse para arrebatarles sus presas. El topo mayor atraviesa un túnel falso, ignorando el parche de la secuencia continua del pasillo por el que atravesaba todas las mañanas, y viéndose inmerso en un punto ciego de aquel laberinto. Cae en redes tendidas por manos con pequeñas garras sin afilar, mismas que los apáticos inconformes jalan hacia ellos hasta lograrlo sacar del túnel falso. Y ya afuera, prisionero de su pueblo, se lanzan sobre él; con sus cuatro dientes incisivos, como de morsa, empiezan a arrancarle la piel, a sacarle los órganos, reventarle los pequeñitos ojos. El topo mayor queda descuartizado como aquellos que intentaban escapar de las parcelas hacía algunos años. Los inconformes resignados a su vida de siempre regresan en silencio a sus propias madrigueras, dejando que el destino determine el futuro de la dirección de su laberinto. El cuerpo sin vida, sangriento, de aquel topo que dejó a medias sus proyectos, y después lo acusaron por ello, quedó en el sitio mismo en donde lo mutilaron. La comunidad volvió a su serenidad de siempre, y era tanta la pereza que lo mejor que pudieron hacer todos fue ignorar los órganos y la piel que allí se iban descomponiendo. Pudieron comerse aquellos restos, entre tanta hambruna por la que pasaban a veces, más en invierno, pero la verdad es que les ganaba el cansancio o la ignorancia, así que lo dejaron pasar por alto. Abandonaron aquel cuerpo del topo, en donde los que circulaban por allí lo pasaban por encima o saltando, mientras el olor de la putrefacción se iba extendiendo por todos los túneles, kilómetro a kilómetro, llegando a todas las madrigueras sin importarle a nadie.
Víctor Daniel López
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