Mi escritora favorita escribe uno de mis libros más queridos: Orlando. Con su prosa de hielo, porque es frágil, y si se quiebra (en el buen sentido), como casi siempre lo hace, uno cae al fondo y se pierde en una dulce agonía de palabras que van muriendo para sólo así elevarnos a lo más profundo del alma. Los pensamientos que revolotean como polillas, más tarde lo confirmaríamos. Pero siempre ha sido así. No es una escritora común, pareciera ser más filósofa que escritora, y también más poeta. Con Orlando va llegando a la cima, obra personal que se la dedica a su amiga Vita Sackville-West, aquella de la que se enamoró en tiempos en donde no se podía enamorarse de cualquiera, del otro, del mismo. Orlando, a través de casi cuatrocientos años, nos habla del romance, del género, la identidad, la poesía y la evolución, así como la ética y la moral. Navegamos por el Támesis de Londres para ir hasta Moscú, pasando también por Estambul, y entonces así deleitarnos con la prosa más exquisita de los paisajes que se nos presentan. Pasa de convertirse de hombre a mujer, cambiando también de siglo e ignorando la transformación evolutiva de las ciudades y la sociedad. Cambian las costumbres, cambia todo. Orlando resulta una biografía ficticia, sátira y poesía, que nos muestra uno de los lados más personales de Woolf. Patinamos sobre el hielo, nos deslizamos, disfrutamos del frío y la nieve, mientras también, por dentro, cada uno vamos cambiando.
Víctor Daniel López
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