Prende la chispa en sus raíces para hacer arder la madera, y las llamas absorben todo suspiro, secreto, confesión de amor, la amistad, todas las risas, lágrimas, y sueños perdidos. Nos arrebata una parte de nosotros. Y todo lo mezcla. Para después convertirlo en cenizas, elevarlo en humo para dirigirlo al cielo: allá en donde no hay diferencia entre lo bueno y lo triste. Es la misma flama, que siempre encendida, ilumina al hombre y lo dirige hacia su destino: la vida, la muerte y lo que hay en medio. Todo lo que se halla en medio. Ahí estamos nosotros, y lo que aquí, alrededor del árbol, sucede día tras día.
Víctor Daniel López
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