El rey encontró un objeto dorado que por primera vez había visto en toda su vida. Le causó asombro el resplandor de las piedras preciosas, rojas y verdes, que circulaban la forma ovalada con un hoyo en el centro (podía verse hasta reflejado en ellas, tan transparentes, tan bellas). Nunca había visto una cosa así, nunca esos colores, ese dorado como el dorado de los iconos del Medioevo que intentaban transmitir la eternidad del lugar y la pausa del tiempo. El hueco ovalado, que, por alguna razón, era de esa forma y de ninguna otra. Pero aquel rey, tan poderoso y rico, ignoraba la función de aquel objeto seductor a la primera vista. No supo qué hacer con él, qué utilidad darle. Tal vez, si le hubiera preguntado a su bufón, que ya había sido bufón de otros reyes y otras cortes, pudiera revelarle el secreto y decirle que tan sólo era necesario llevárselo a la cabeza y dejarlo posar sobre ella. Pero su orgullo era tanto que no podía rebajar su sabiduría a la de un simple bufón o cualquier otra persona que estuviera por debajo de él. Así que hizo lo primero que a su mente pudo ocurrírsele. Dorado, esas joyas a su alrededor, y aquel hoyo en forma de huevo, ovalado, y que reservaba el secreto para usarlo. El rey se lo llevó al sanitario, lo colocó sobre el retrete y se sentó en él. Cagó y se burló de todas las personas que también sabían el significado de aquel objeto pero que seguían siendo inferiores a él.
Víctor Daniel López
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