Cuatro siglos de música, desde la ópera barroca hasta la ranchera de nuestra Chavela Vargas. Pasando por Poulenc, Giordani, Schubert, Mozart, Purcell, Rossini, Britten y hasta Enrique Granados. Las notas más agudas en la voz masculina. Ya no existen los castrati, por suerte para eliminar el sufrimiento, pero afortunadamente existe Jaroussky, para elevarnos a lo sublime y a un pentagrama en donde todo suena perfecto y encaja con la ilusión. El mejor contratenor del mundo, dicen, y su voz y carisma lo reafirman. Apenas abre los labios y el silencio, cada letra, todas las notas, suenan a como suenan los timbres del cielo. El lamento de Dido que le canta a Eneas que marchó y la abandonó para fundar lo que sería Roma, la sintonía brasileña en Manhã de Carnaval, la poesía de García Lorca, y una de las mejores versiones que he oído de «Alfonsina y el mar» (“la sombra de Mercedes Sosa aún vive en esta canción”, dice el protagonista de la noche). Y la guitarra española de Thibaut Garcia es el mejor maridaje a la voz que emana de una estrella contemporánea que nos remite al pasado semi renacentista. Música y voz que embelesan al oído, agrandan el alma, perfeccionan la vida. El cierre perfecto con «las simples cosas» y el aria de Händel que ha inmortalizado a Jaroussky: la hermosísima «lascia ch’io pianga». Después de cinco años, después de pandemia, después de todo, el arte sigue inmortalizando la belleza, y a su vez, embelleciendo el mundo. El regreso de Eneas hizo temblar Bellas Artes. Al final, uno de los mejores, y más que bien recibidos, standing ovation que he vivido.
Víctor Daniel López
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