Plácido Domingo regresó a México después de unos años de ausencia en territorio mexicano, y de cancelar su gira que tenía pendiente a inicios del año, a causa la pandemia. Gran velada tuvo la capital del país al recibir al quizá el mejor cantante, y músico a la vez, que hay actualmente. Con ya ochenta y un años, su voz sigue siendo potente, capaz de erizar los vellos de la piel, hechizar los oídos y llegar hasta lo más recóndito del corazón. Una voz que ha pasado por muchas tesituras (siendo reflejo de la gran calidad vocal que ha tenido el tenor-barítono). Una voz que es única, el instrumento natural capaz de llegar a una altura que, de donde si uno se lanza, tiene muchas posibilidades de caer de golpe; sin embargo, Domingo cae siempre de pie, como los gatos: para seguir llegando cada vez más y más lejos. La noche fue acompañada por la Orquesta Filarmónica del Desierto, con la dirección de Eugene Kohn, y Plácido tuvo compañía grande: la soprano Eugenia Garza y el tenor Arturo Chacón (quienes hicieron una actuación espectacular, al nivel del tenor español con alma mexicana). La Arena Ciudad de México, que logró casi su capacidad máxima con miles de aficionados, reventó de emoción y en una ovación al cantante tras ser testigos de un repertorio entre ópera, zarzuela, y hasta mariachi y ranchera. Así se despidió nuestro querido Plácido, vestido a la mexicana, cantando a su México lindo y regresándonos el cariño que le hemos tenido siempre hacia él, a su voz y a su música. Plácido, el genio. Poco común, de esos milagros que ocurren una sola vez en la vida. Un hombre de renacimiento. La voz activa mejor educada. Músico y cantante. Héroe del pentagrama vocal. Único e irremplazable. El mejor de todas las ligas mayores. Plácido Domingo: una leyenda de nuestro tiempo.
Víctor Daniel López
< VDL >


Deja un comentario